Muera yo y mueran todos los filisteos…

La salida de Gustavo Petro de la alcaldía de Bogotá era un hecho casi consumado desde hace rato, muy a pesar de todas las estacas que el burgomaestre atravesó en el camino y si se salvaba de una de las cuchillas, cualquier otra lo quitaba del medio por una razón bien sencilla: Dio papaya. Con una ñapa: Se envalentonó desde su llegada al palacio Liévano y hasta se volvió insoportable. Una suerte de reyezuelo que no escuchaba ni a sus más cercanos. Ni siquiera a la perrita ‘Bacatá’.

Y hoy que el hecho fue ejecutado con la guillotina accionada por el presidente Juan Manuel Santos —al que no le tembló el pulso, ni incurrió en incontinencias— Petro quiere que el país entero monte en cólera y salga a defenderlo en la plaza, en la trinchera, como si el mantenimiento de su cargo constituyera una consigna nacional.

Petro pidió huelgas, pidió movilizaciones, pidió bochinche, pidió protesta callejera, pidió hasta una Constituyente para que por esa vía Colombia tumbara los mecanismos que permitieron su destitución. El carajo —como muchos de los que llegan a detentar el poder— se cree absolutamente indispensable e insustituible.

Yo no es que esté soltando las campanas al viento porque el inmamable del procurador Alejandro Ordoñez terminó saliéndose con la suya, pero eso no quiere decir que desconozca que el exguerrillero es a la larga el culpable de su suerte, ya que si hubiera escuchado a los asesores que le recomendaron no irse por la calle del medio en el tema de la recolección de las basuras de la capital del país, nada de lo que hoy lo tiene lloriqueando hubiera sucedido.

Lo preocupante de todo esto es que Petro ahora incuba un mal de rabia tipo Sansón y parece dispuesto a tumbar el templo para llevarse en los cachos a los ‘filisteos’ que tanto odia, sin importarle si en esa acción kamikaze jode a Bogotá. O a toda la nación. Su furia está desatada y nadie puede ignorar que su espíritu guerrillero sigue allí, aunque haya mutado con los años. Se pudo percibir perfectamente en el discurso tras saber que Santos había firmado la destitución. Allí utilizó su verbo fácil para barnizar el duro momento de su despedida —el ‘por ahora’ de Hugo Chávez— con un tinte de lucha de clases: Él y ‘su pueblo’ contra las élites políticas corruptas y untadas con dineros del narcotráfico.
Alfredo Mantilla
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