¡OJO PELAO!


No hay debate. No existe el contraste de ideas. No se esbozan propuestas concretas. Ni siquiera de las que todo el mundo sabe que nunca se van a cumplir. Poco importa mostrar la limpieza de una hoja de vida, la formación profesional, la fortaleza de las convicciones políticas, la doctrina conceptual que le sirve de cimiento al trasegar en la vida, los logros en los diferentes campos. Todo aquello que se debería poner a la consideración de los que —se supone— tienen la última palabra con su voto. Y sé que es un panorama triste, ¡patético!, pero es la realidad que se vive hoy en Colombia, cuando estamos a escasas dos semanas de la primera vuelta de una nueva elección presidencial. Y ¿qué es lo que tenemos? Bueno, lo del día a día es la nueva zancadilla, el último rumor, la puñalada moral, un escándalo más grande que el anterior y que se quedará pendejo con el de mañana. Los protagonistas del sainete y sus adláteres están dedicados a cubrir una cagada propia —destapada por supuesto desde la otra acera—, lanzando al ruedo un cerro de inmundicia del oponente que sea lo suficientemente grande como para que nadie recuerde cuál era esa hediondez de la víspera. Así están las cosas. Y lo más deplorable de todo esto es que a la población le queda muy poco espacio para anteponer el raciocinio a las vísceras. No hay resquicios en la maraña y cuando algo de luz se asoma por allí, de seguro surge un remolino que arrasa con todo y no permite clarificar ideas. Es la campaña del toma y daca —del ‘tit for tat’ de los ingleses— y nadie puede espabilar, porque pierde. El ejército de los hombres en campaña se nutre mucho de los que buscan el lunar, la mancha de los contrarios, la caída, el desaguisado ajeno. Ellos se mue ven con el dogma del ‘todo vale’ y les importa un carajo ponerle un extra de salsa a los errores del contrario, con tal de verle la sangre en la herida y dejarlo maltrecho ante eso que todos llamamos ‘la opinión pública’, pero que en realidad no es —no somos— más que una audiencia de simples espectadores impávidos y con poca capacidad de reacción ante el triste espectáculo de la fauna política nacional, que sigue sin entender que Colombia, que los colombianos, por negligencia o por lo que sea, les hemos dado un cheque con la fecha abierta, pero que eso no implica renunciar a la potestad de cualquier día ponerle un ‘stop payment’... ¡Ojo pelao!

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