Paradoja en la gran manzana…

La paradoja pudo haberse dado cita esta semana en Nueva York. En ‘la gran manzana’. Allí, en la llamada ‘capital del mundo’ — esa metrópoli encantadora y salvaje en la que millares de paisanos viven su propia versión del ‘sueño americano’ durmiendo en trenes mientras van de un trabajo a otro— se reunieron la ex candidata presidencial y ex prisionera de las farc Íngrid Betancourt y el presidente de Colombia —su ex contrincante y libertador— Álvaro Uribe.


Fue la primera reunión entre Betancourt y Uribe desde que ella —suerte de paciente francesa en recuperación—, fuera liberada el pasado 2 de julio en una operación militar ordenada por el primero, junto a tres estadounidenses y once policías y militares.


¿De qué hablaron? Sólo ellos lo saben, aunque la dama le deslizó a los periodistas que la charla se había centrado en el tema de los secuestrados que todavía siguen en poder de los guerrilleros, quienes constituyen hoy por hoy su principal preocupación.

No tengo razones para poner en duda la temática de esa charla, pero estimo que en cualquier momento del —impensable hace apenas unos meses— tête à tête, el diálogo debió pasearse por ‘la cosa política’ y concretamente por la que tiene que ver con la opción presidencial en Colombia. Un tema álgido y más que peliagudo.


Me llama la atención que la señora Betancourt salió de allí cerrando prácticamente el capítulo de su eventual postulación presidencial, como tanto se había especulado.


“Más clara no he podido ser, no tengo ninguna intención de volver a hacer política en Colombia. Hay otras maneras de servirle al país y ayudarle y creo que desde afuera puedo hacerlo y lo estoy haciendo”, añadió con firmeza, a pesar que la opción está legalmente abierta para ella.


La paradoja es que ‘su libertador’, quien hoy por hoy tiene un impedimento constitucional para seguir en el cargo, no ha tenido ese coraje y sigue ‘embochinchando’ al país con la quimera de su tercer mandato...

Alfredo Mantilla
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