Peor para el Nobel, que nunca ganó un Borges

Premio Nobel de Literatura para todos, menos para los rostros de madera de la Academia sueca que se lo embolataron

El director del Instituto Caro y Cuervo, Ignacio Chaves, tiene en su hoja debida un bello aunque fugaz oficio: fue lazarillo de Jorge Luis Borges en su última visita a Bogotá... hace 27 años.



Al shakespereano Chaves, de quevediana chivera, le cupo en suerte narrarle a Borges – moderno Homero- la casona del Instituto en el barrio La Candelaria, la ciudad vieja de Bogotá. A medida que escuchaba la narración, Borges sentía como si antes hubiera estado allí.



Aquel día fue la única vez que estuve cerca de Borges. Fue como si se me hubiera aparecido la Virgen. Dizque reportero, no le pregunté nada cuando salía de la Casa de Nariño después de entrevistarse con el presidente de siete mil volúmenes en su biblioteca: Julio César Turbay. Me aculillé en jurisdicción de Borges, delgado como el “sesgo alfil” de su poema al ajedrez. Simplemente me quedé contemplando a mi autor preferido. Me dí por muy bien servido.



Cuando me enteré de que el escritor iría luego al Caro y Cuervo subí a bordo de mí mismo para estar otra vez cerca de uno de los grandes. De pronto, por ósmosis, algo se le pega a uno. Años después del encuentro, tengo la sospecha de que Borges jamás se enteró (¿) de que un admirador suyo andaba merodeando en su ámbito. En un pequeño salón del Instituto respondió toda clase de preguntas con su sonrisa que era otro idioma.



Como Borges era ateo, Dios se lo llevó en 1986 para demostrarle que sí existe. Sin embargo, antes de partir, bendijo la infinita ironía de Dios que le dio al mismo tiempo los libros y las sombras.



Premio Nobel de Literatura para todos, menos para los rostros de madera de la Academia sueca que se lo embolataron, fue sepultado muy cerca de la muerte que esperó con felicidad en el cementerio Maimplsi, en Ginebra, la ciudad que amó como a la niña de sus ojos: María Kodama.



“Me han prometido tantas veces el Nobel que el jurado de Estocolmo tiene creer que ya me lo dio”, solía decir. Aunque peor para el Nobel que nunca se ganó un Borges.



Pocas personas como él se han dado el lujo de morir siendo tres veces feliz: casado, con María Kodama, en Ginebra, tal vez en una tumba rodeada por “el silencio del pájaro dormido”. Y aspirando al olvido “la única venganza y el único perdón” y buscando “por el agrado de buscar, no de encontrar”, siguiendo la receta de Kavafis.



Seducido por la idea de morir sostuvo siempre que no esperaba castigos ni recompensas. “Sé que voy a morir eternamente, como murió mi padre”, dijo alguna vez en una de esas ruedas de prensa en la que sorprendía en cada respuesta.



Nacido en la única ciudad posible para él, Buenos Aires, aprendió primero inglés que español. (“... yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”). Después se regalaría, entre otros idiomas, el alemán. “... pero a ti, dulce lengua de Alemania, te he elegido y buscado, solitario”.



Cultivó por igual el múltiple esperanto de la ironía, el sarcasmo y el humor. Los vestía con su exquisita y siempre sorpresiva prosa y los echaba a rodar por el mundo.



Solía tutearse con la muerte. Una vez le propuso a su amigo Macedonio Fernández que se suicidaran para seguir conversando.



“No me acuerdo si nos suicidamos aquella noche”, bromeó Borges, uno de los pocos que puede contar el cuento de haber sobrevivido a su propio suicidio el mismo que, según consta en las paredes bogotanas a manera de grafito, suele ser peligroso para la salud.



Optó por el cuento, de corto vuelo, “porque corresponde a una unidad estética. La novela, en cambio, suele ser una acumulación”.



Sobre el oficio de escribir, fabricó una ironía que envidiaría Wilde: “Todo el mundo es vanguardista. Todos empezamos a ser escritores geniales. Luego volvemos a la cordura”.



Su primera mujer tenía apellido de catecismo: Elsa Astete. Despachó esta experiencia matrimonial con una frase: “El matrimonio es destino triste para la mujer”. Y se casó con la Kodama. Como no se repetía, es lícito albergar la sospecha de que a la Kodama sí la hizo feliz.



Es de los pocos que ha escrito su propio epitafio antes de volverse noche: “Morir es una sana costumbre que debería tener la gente”.



Esa costumbre la practicó poco antes de que lo hiciera un colega suyo del alma, Adolfo Bioy Casares. Murió para poder brindar juntos en los 100 años del nacimiento de Borges. Y escribir algún cuento a dos manos en el que Borges creará los párrafos o renglones pares y Bioy el resto. El uno aportaba las vocales, el otro las consonantes. O al revés.



Era tan famoso que cualquiera podía pensar, cuando oía hablar de él que se había muerto. Y ahora que está muerto, uno siente que está vivo. Así son las leyendas como Borges que dejó dicho en uno de sus mejores cuentos –Ulrika- que ser colombiano “es un acto de fe”.






* Óscar Domínguez, periodista colombiano.








Por Oscar Domínguez G.*

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