¿Por qué somos tan violentos?


Antes de comenzar a escribir esta reflexión sé que a mucha gente le va a molestar que toque un tema de esta naturaleza desde la punta del ovillo en que lo voy a comenzar, pero es que desde hace días me vengo haciendo una pregunta que hasta me produce asco: ¿Por qué razón desconocida —o conocida, que alguien me lo diga— hay colombianos tan violentos? Ejemplos sobran. Pienso en algunos y se me vienen a la mente la señora aquella a la que le pusieron un collar explosivo. Los descuartizados con motosierras. La bomba en el avión para matar a una persona, sin importar que en el siniestro murieran cientos. Los carros bombas. Las motos bombas. Los cilindros bombas. Las minas antipersonales... y hasta los burros bombas.

¡Cuánta violencia! No hay excusas y duele decirlo, aunque de alguna manera el estigma nos pringue el gentilicio. ¿Cómo es posible que en un país tan bello como el nuestro, de la noche a la mañana se convierta en tendencia arrojar ácido a la cara de alguien —principalmente mujeres— para vengar un desamor, un desprecio, un desaire o simplemente porque esa persona nació con la ‘desgracia’ de ser atractiva, bonita, linda, bella?

Yo trato de imaginarme el profundo dolor, la frustración, la impotencia, el drama y el aniquilamiento moral de las víctimas y no alcanzo a dimensionarlo. Es casi imposible. Haga usted el ejercicio y verá de lo que hablo. Ese inevitable regreso a la cotidianidad cuando logran ‘recuperarse’ del atentado debe ser algo terrible. Esa primera visión del horror que el agresor dejó en el aspecto físico, seguramente multiplica el profundo daño espiritual y ese puede ser letal.

Por más que se retiren todos los espejos y se hagan todos los propósitos de no contemplar ese rostro lacerado, un día cualquiera la víctima saca el valor necesario y enfrenta la imagen de alguien en quien no se reconoce, pero con quien está condenada a vivir toda la vida, independientemente de las ‘mejoras’ que la ciencia y los cuidados puedan lograr. ¿Y su victimario? Ese desgraciado pagará —si paga— algunos años de cárcel —quizá sale antes por ‘buena conducta’ o por ‘palancas'— y luego seguirá su vida como si nada.

¿Eso es justo? Pienso que no. Por eso estoy de acuerdo con mi esposa, quien estima que a esos monstruos deberían encerrarlos de por vida, para así equipararlos con la condena perpetua que infligieron.
Alfredo Mantilla
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