¿Puede el hombre mejorar la pecera de la madre naturaleza?

Existen versiones encontradas entre los que valoran la estética y la educación y los que se la juegan por la no alteración del hábitat natural de las diferentes especies

Los acuarios, como los zoológicos, son lugares extraños. No estamos seguros de que debieran existir, sin embargo si existen, queremos verlos; un hecho bien conocido en ciudades que esperan atraer turistas y revitalizar distritos comerciales, y que han construido unas dos docenas de acuarios en el último cuarto de siglo.


Ya más de 4.5 millones de personas han visitado el ejemplo más reciente y espectacular, el Acuario de Georgia, que abrió aquí en noviembre de 2005 ante un coro de expresiones de asombro por el número de litros, el número de especies, la atención de Wolfgang Puck y los ventanales de los tanques tamaño IMAX.


Entre más populares y entretenidos sean los acuarios, más insisten sus partidarios en que educan e inspiran a la conservación. Y más se preocupan los críticos de que los acuarios realmente estén actuando como sustitutos atractivos de los océanos moribundos.


En ese aspecto, el Acuario de Georgia fue particularmente ambicioso, construyendo el tanque para peces más grande del mundo para dar acomodo a una exhibición del pez más grande del mundo, el tiburón ballena, que puede alcanzar más de 18 metros y sobre el cual se sabe poco.


Biólogos advirtieron que no podían explicar todavía la inclinación de la criatura por hundirse a profundidades de mil metros o más, una hazaña que ni siquiera un acuario de 300 millones de dólares pudo lograr. Pero funcionarios del acuario respondieron que los tiburones ballena —había cuatro— fueron salvados de llegar al plato de un restaurante, comprados a pescadores taiwaneses que tienen un límite anual de captura. Su presencia, se prometía, permitiría a los investigadores examinar a la especie de cerca por primera vez. Ciertamente el acuario ha incrementado la conciencia pública sobre una especie de la que pocos habían oído hablar y que los científicos aún tienen que observar un apareamiento o un parto.


Pero en enero, la atención pasó de lo positivo a lo negativo: Ralph el tiburón ballena, un adolescente, murió. Así de simple.


Respondiendo a las protestas, Jeffrey S. Swanagan, presidente y director ejecutivo del acuario, escribió en The Atlanta Journal-Constitution que la exhibición había abierto “los corazones y mentes” de los visitantes, creado un “vínculo especial” entre ellos y los animales e inspirado al público a conservar los ambientes marinos amenazados.


Los críticos argumentan que los acuarios tienen el efecto opuesto: Conforme las exhibiciones se vuelven más sofisticadas tecnológicamente, sugieren de manera implícita que los océanos son desechables. “Lo que dicen es que el habitat natural no importa”, dijo Randy Malamud, profesor de inglés en la Universidad Estatal de Georgia y autor de “Reading Zoos”. “Que lo asombroso y misterioso de la vida del animal —que depende tanto de que el animal viva donde vive— es irrelevante y puede ser prescindible para nuestro consumo conveniente”.


Bernard Marcus, el co-fundador de Home Depot que construyó el Acuario de Georgia como regalo para la ciudad, llegó incluso a prometer que mejoraría la naturaleza, dando a los peces una existencia de ocio y libre de preocupaciones. “Esto es como ir al Ritz-Carlton”, dijo antes de la gran inauguración. “Si se les preguntara si quieren regresar al océano, ¿sabe qué le dirían? ‘¿Estás loco?”’.


Los detalles de la muerte de Ralph, reveladas hace poco más de una semana, dieron un vistazo de una vida no tan lujosa. Ralph, que dejó de comer después de que los tanques fueron químicamente tratados para eliminar parásitos, había sido alimentado a la fuerza por meses; aparentemente una práctica común en los acuarios, incluso para criaturas diminutas como los caballitos de mar. No se aceptan que hayan peces ‘desganados’.


“En ocasiones en la ciencia aprendemos tanto a través de la muerte como de la vida”, escribió Swanagan. En el caso de Ralph, una cosa que aprendimos fue que murió de una perforación en el estómago, muy probablemente causada por el tubo de alimentación.


Los científicos también descubrieron que la mecánica ocular y los sistemas de filtración de comida de un tiburón ballena son más complejos de lo que se pensaba originalmente. La muerte de Ralph ofreció la primera oportunidad de la disección de un tiburón ballena, y un portavoz del acuario dijo que como resultado se publicarán varios documentos científicos.


Sin embargo, algunos científicos argumentan que el conocimiento que puede ser deducido de los animales en cautividad principalmente mejora su atención en cautividad.


“Si se publica investigación de un acuario, el primer ataque que vendrá es el hecho de que estos son ambientes artificiales y no se pueden comparar, digamos, las tasas de crecimiento ahí con las tasas de crecimiento en la vida salvaje”, dijo Jason Holmberg, investigador principal en un proyecto de investigación sobre el tiburón ballena financiado por el Earthwatch Institute, que promueve la conservación y el ecoturismo.


“Pienso que hay valor de concientización en los acuarios”, dijo. “Pero en cierto punto parece como si fomentáramos el factor del ego y no el factor ambiental”.


Si los acuarios son duros con los peces, proporcionan un criadero para la idea de que los humanos no sólo pueden controlar la naturaleza, sino mejorarla. En el Acuardio Audubon de las Américas, en Nueva Orléans, la exhibición del Golfo de México presenta la parte submarina de un pozo petrolero (a escala de un cuarto) como un ambiente próspero para la vida marina en vez de un producto de una industria que los ecologistas dicen contribuyó a la rápida erosión de los pantanos de Louisiana, haciendo al estado más vulnerable a los huracanes. Los patrocinadores incluyen a Shell, Amoco y Chevron.


En un ensayo publicado en The Believer en 2005 antes de que abriera el Acuario de Georgia, Ginger Strand cataloga la relación entre los acuarios y los ecosistemas arruinados: el Acuario de la Bahía de Monterey en California está en el antiguo Cannery Row, hecho obsoleto por el agotamiento de las existencias de sardinas; El Centro de Vida Marina de Alaska en Seward fue pagado en gran medida por el Fondo de Solución del Derrame Petrolero del Exxon Valdez; en la exhibición Ocean Voyager en Atlanta, hay escasos hechos inconsistentes sobre los tiburones ballena —alcanzan los 14, 18 ó 20 metros dependiendo de qué letrero se consulte— pero copiosos detalles sobre cómo fueron trasladados vía área desde Taiwán (“¡vía UPS!”).


Pero la cafetería del acuario sirve sólo pescados y mariscos sustentables, y se pueden depositar su boleto y mapa en un contenedor para reciclaje al salir a través de la tienda de regalos. “La implicación es que la acción individual” —en vez de la responsabilidad corporativa — “es lo que cuenta”, escribió Strand.


John Fraser, director de investigación pública y evaluación del Instituto de Sociedad de Conservación de la Fauna, que supervisa los zoológicos y acuarios de Nueva York, dijo que las críticas no tienen relación con lo que él ve. Las corporaciones están compuestas por individuos, argumentó; individuos que ya saben, según su extensa observación de los asistentes a los zoológicos, que factores como la caza furtiva son una amenaza para los tigres. Lo que necesitan es ver un tigre.


“Se remonta a John Dewey, quien dijo que aprender es una cosa experimental, no se trata de meter conocimiento en una lata vacía”, dijo.


“A muchas personas les gustaría que los zoológicos y acuarios fueran mucho más agresivos en términos de nuestra defensa del medio ambiente”, dijo, pero sociólogos han aprendido que la indignación moral no es el único motivador de la acción: también debe haber conexiones emocionales y congnoscitivas. Si las instituciones dan a esas demasiada poca atención, dijo, el resultado es algo que el teórico educacional David Sobel llamó ecofobia, un estado en el cual la monumentalidad del problema inmoviliza a quien lo presencia.


Un encuentro con un ser viviente, por otra parte, es un catalizador de la acción. “Este”, dijo Fraser, “es el sitio donde inicia el amor”.

SHAILA DEWAN
ATLANTA

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