Pyongyang: surrealismo socialista a precios capitalistas

‘El reino ermitaño’ entreabre las puertas, pero le hace pagar caro a quienes deciden cruzarla

La capital de Corea del Norte, Pyongyang, probablemente la ciudad menos conocida del planeta, ofrece al visitante la posibilidad de ver las últimas manifestaciones artísticas del realismo socialista, eso sí, a precios capitalistas.


Al igual que ocurrió con China en los años 80, los norcoreanos han entendido a tiempo la importancia del turismo como fuente de ingresos de divisas, por lo que han decidido abrir las puertas a los turistas, incluidos los procedentes de Estados Unidos.


Tras dos años sin concederles visados, Pyongyang ha permitido con ocasión del festival Arirang la entrada en el país de turistas norteamericanos, según informaron los representantes de la agencia Koryo.


“Nunca había visto tantos extranjeros desde que llegué a Pyongyang. Espero que esto sólo sea el principio”, señalo a su vez un diplomático ruso con larga experiencia en el Reino Ermitaño.


Eso sí, a diferencia de su vecino del sur, Corea del Norte no está dispuesta a bajar los precios para atraer a los turistas, muy al contrario.


Aunque hay varios hoteles, los extranjeros se pueden alojar sólo en dos, el céntrico Koryo (135 dólares la habitación), y el Yanggakdo, cuya tarifa oscila entre 270 y 400 dólares por noche y que se encuentra en una isla en el río Taedong.


Como no es posible deambular solo por la ciudad -bajo pena de arresto-, el turista está obligado a alquilar durante todo el día un coche, cuyo coste dependerá de la importancia del visitante.


Las llamadas de teléfono son un caso aparte, ya que un minuto de conversación cuesta un mínimo de 2,7 dólares, mientras la tarifa por enviar un correo electrónico depende no del tiempo, sino de los megabites (25 a 1,35 dólares).


Por cierto, ni soñar con tener acceso a internet en el hotel o en la Biblioteca Nacional, pues ese lujo esta reservado para la nomenclatura y los militares.


En cambio, los restaurantes, regentados por funcionarios del servicio publico, son asequibles y se puede disfrutar de comida coreana, china, japonesa, rusa, india y occidental.


El calamar salteado, la tradicional acelga coreana (kimchi), la sopa de tiburón, el pepino con ajo, el pato o jabalí troceados son algunos de los plazos típicos de Pyongyang, que se pueden acompañar con aguardiente de arroz (Soju), té de cebada y cerveza “Taedong”.


El turista que busque grandes aventuras y la posibilidad de departir con la población indígena no verá cumplidos sus deseos en esta hermética ciudad, un escaparate cuyo objetivo es esconder las miserias del régimen.


Pyongyang (2,3 millones de habitantes) es una ciudad jardín -70 metros cuadrados de superficie verde por habitante-, sin casco viejo, calles estrechas o rastro de sus 5.000 años de historia.


En realidad, la actual Pyongyang tiene poco más de medio siglo, si tenemos en cuenta que el Ejército estadounidense lanzó 428.748 bombas sobre la ciudad durante la guerra de Corea (1950-53), con el objetivo de devolverla a la “edad de piedra”.


Consideraciones ideológicas aparte, impresiona la visión de una ciudad reconstruida prácticamente desde cero por un pueblo imbuido por una mezcla de comunismo y confucionismo, conocida mundialmente como Juche (autosuficiencia).


De visita obligada es la plaza Kim Il-sung -100.000 baldosas de granito blanco y 300.000 bloques de piedra-, bautizada en honor del fundador de la patria, en 1948, y que es una mezcla entre el clasicismo revolucionario de la plaza Roja (Moscú) y la amplitud de Tiananmen (Pekín).


Subir en ascensor a la Idea Juche, una antorcha de 170 metros de altura, nos permitirá divisar la ciudad y comprender el alcance de la obstinación de los norcoreanos por labrarse su propio camino.


Mientras, el monumento a la fundación del Partido de los Trabajadores nos revela que los norcoreanos optaron por no marginar a los intelectuales y han añadido el pincel a la hoz y el martillo.


Si uno quiere zambullirse en la propaganda debe visitar el Mausoleo de Kim Il-sung, que incluye una estatua del fallecido líder de casi treinta metros de altura, y su lugar de nacimiento (las cabañas de Mangyongdae), lugar de peregrinación obligado para todo norcoreano.


Pyongyang tiene su propio Arco de Triunfo, que es diez metros más alto que el de París, mientras los reconstruidos templos budistas nos hablan del pasado de este país, donde actualmente sólo hay un dios: Kim Il-sung.


Además, la ciudad esta adornada con carteles patrióticos, que arengan a la población a resistir el embate el imperialismo, mientras bellas guardias impecablemente uniformadas y maquilladas dirigen un trafico inexistente.


Con todo, la crisis económica en la que se encuentra sumido el país desde la caída de la URSS (1991) ha transformado el paisaje urbano de la ciudad en una multitud de edificios desconchados y grúas en estado catatónico.


El mejor ejemplo de la decadencia del sistema autárquico norcoreano es la esperpéntica Pirámide Ringan, un hotel de 105 pisos cuya construcción ha sido paralizada debido a la falta de fondos.

Ignacio Ortega

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