¡Qué clase de ejemplo para la humanidad!

Clap, Clap, Clap... (sonido de aplausos) para el presidente electo Barack Obama. A esta hora, cuando llueven elogios y alabanzas desde todos los rincones del planeta, quiero aprovechar el momento para hacer algunas reflexiones.


Primero, da gusto ver la solidez de la democracia norteamericana y la capacidad de reiventarse que tiene en sus horas más álgidas. Dudo que haya un país en el mundo en el que se pueda dar un salto político cualitativo de tanta significación, como este del que todos los que vivimos en esta gran nación fuimos de alguna manera protagonistas, cuando prácticamente quedaron sepultados 221 años de una historia que en buena parte de sus páginas se tiñó con el velo nada grato de un racismo que pocos —muy pocos— pensaron que Estados Unidos podría eliminar de un solo tajo en sus urnas de votación. ¡Qué clase de ejemplo para la humanidad!


Otro detalle muy importante para resaltar es que la magnitud de ese viraje soñado por adalides de la causa negra como el reverendo Martin Luther King, Jr., no se produjo exclusivamente por la masiva participación de los afroamericanos —que acudieron como nunca antes a ejercer su derecho al voto— sino que se dio gracias al contundente respaldo de ciudadanos de todas las razas y colores, de todos los estratos y segmentos, de todas las edades y sexos, tal como si se hubiera alineado una conciencia colectiva dispuesta a sepultar de una vez por todas los estigmas de ese pasado injusto y nada grato. La decisión de la mayoría —manifestada así— no admite entonces cuestionamientos, tal como rápidamente lo reconoció con genuina gallardía el candidato perdedor, John McCain.


Hoy poco importan las razones que sirvieron para inclinar la balanza a favor del candidato demócrata y hoy presidente electo, porque —entre otras cosas— las principales son bien conocidas y ya habrá tiempo para desmenuzar las ‘desconocidas’...

Alfredo Mantilla
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