¡Qué diría mi abuelo!



Recuerdo perfectamente una tarde cualquiera de uno de esos lejanos días de ‘semana santa’ en que todo era tan diferente a como lo vivimos ahora. Yo, como muchos de ustedes —me atrevería a decir que la mayoría—, crecí en medio de las creencias católicas y para mi —para nosotros —, los días de la ‘semana mayor’ eran poco menos que sagrados. Los mitos y tradiciones signaban lo que podía y no se podía hacer en esos días.


¡Ni por el carajo! se podía comer carne. Pescado y punto. No podíamos subir a un árbol, porque corríamos el riesgo de convertirnos en monos. Una de esas tardes esperé y esperé —temeroso y sin atreverme a comentarle a la vieja Susana para que no sufriera por mi— que me comenzara a salir la colita, porque no me había aguantado las ganas de subir a un árbol de ciruelas a buscar las más rojitas.


Tampoco podía uno bañarse en el mar o en el río porque corría el riesgo de convertirse en pez. De los bebés que nacían en viernes santo decían que podían ser el anticristo. No era ‘sano’ tener relaciones sexuales, pues la pareja podía quedar unida físicamente, sin posibilidades de separarse... ¿los pegaditos?


Recomendaban vestirse de negro, gris o blanco, caminar despacio y no gritar para no faltarle el respeto a Dios. Y por allí yo llegué a escuchar que si algún hijo le levantaba la mano a los padres en un intento de agresión, corría el riesgo que se le cayera el brazo o —tremenda opción— convertirse en mula. Y si tenía la osadía de sacarle la ‘sin hueso’ a los papás, la lengua se le podía convertir en una de serpiente. ¡Mi madre!


Sólo era permitido escuchar música sacra y no se podía bailar, decir groserías, coser, planchar, ni tomar alcohol. Y, por supuesto, no vestirse de rojo, porque sería identificarse con el diablo.


Hoy, vaya ironía, el papa Benedicto XVI usa zapatitos rojos y está en el ojo del huracán por los escándalos de pedofilia y abusos de todo tipo —de los que él supuestamente sabía— que han golpeado las entrañas mismas de la iglesia católica en las semanas recientes, al punto que algunos entendidos en cuestiones religiosas han llegado a plantear la posibilidad que este señor ¡renuncie!


¡Sacrilegio!, diría mi abuelo.

Alfredo Mantilla
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