Se emberracó el pajarito…


El hombre era grande y pesado, por eso cuando descargó su cuerpo sobre la amplia cama, esta crujió como quejándose por la enorme carga. Él se quedó quieto por un instante esperando otro ataque del ave y al ver que esta se le acercaba tomó entre sus manos una de las mullidas almohadas y se cubrió con ella la cabeza. Si le picoteaba nuevamente que fuera en el cuerpo, porque ya el cráneo lo tenía adolorido.

Estaba en esas cuando escuchó golpes en la puerta de la espaciosa recámara y gritó que no le molestaran. Los golpes no cesaron. Subieron de intensidad. “¿Quién carajos es?”, preguntó disgustado sin quitarse la almohada con la que se protegía. “Soy yo, mi amor, ábreme”, se escuchó decir suavemente a una mujer.

El ‘hombrote’ balbuceó unas palabras ininteligibles y luego repitió que no quería que nadie, “y cuando yo digo nadie, es nadie” le molestara. “Pero es que por allí te anda buscando Diosdado y está muy arrecho, está morado de la ira”, replicó la mujer en el mismo tonito suave y obsecuente. “No me importa, dile que viniste a buscarme y me encontraste dormido, que tengo jaqueca”, le espetó. “Está bien mi amor, como tú digas... pero ¿por qué no me abres y hablamos?, tu sabes que no me gusta que te encierres así”. El silencio por respuesta, luego una suerte de gruñido.

Al otro lado de la puerta la mujer se regresó por donde había llegado, sin saber que ‘su amor’ seguía soportando los ataques de la iracunda ave, la cual de repente le dijo a su víctima: “¡Qué cagada chico!, te dejo para que me cuides el coroto y mira la embarrada que pones. Tanto que me fregué yo para levantar este chiringuito y vienes tú y en un solo día me lo desbaratas”. Picotazo, picotazo.

“Pero comandan...”, comenzó a esbozar una justificación, pero el ‘pajarito chiquitico’ le detuvo: “Qué comandante ni qué carajos, no ves que ya yo no comando nada por tu culpa. ¿No pudiste ser más bruto?, ¿cómo se te ocurrió decirle a la gente que eras mi hijo? ¿Hijo con quién? ¿Con un toro, con un pollo?... ¡‘Toripollo’!”.

“Perdóneme papá, perdón, comandante, ya sé que la cagué, pero no me picotee más, dígame ¿qué hago?”, gimió el grandulón. “No sé, vete pa’labana y le preguntas a mi taita, porque ese es el único que podrá defenderte”. Picotazo, picota...
Alfredo Mantilla
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