Se va un filósofo, un guerrero de la palabra y el pensamiento

La muerte de Rafael Gutiérrez Girardot deja más que un vacío, una tremenda nostalgia

Rafael Gutiérrez Girardot, polémico filósofo, pensador, ensayista, crítico, escritor, catedrático y disciplinado hombre de palabra en todo cuanto tiene que ver con la reflexión intelectual y la literatura, falleció hace pocos minutos en Bonn, Alemania, donde residió buena parte de su vida en el ejercicio simultáneo de la razón y la búsqueda de la verdad desde la materia prima de su trabajo: la palabra.



Nacido en Sogamoso, Boyacá, Colombia, el 5 de mayo último había cumplido 77 años de edad y será sin duda recordado por las generaciones finiseculares del XX y las nuevas o en tránsito por el XXI, como una de las figuras más combativas y enérgicas de toda la historia de la literatura y la intelectualidad colombiana, como que jamás concedió tregua a sus adversarios ni desvirtuó su vigorosa crítica, temida por muchos, respaldada por otros, pero siempre —¡eso sí— cimentada en el conocimiento que adquirió a lo largo de una vida dedicada al estudio y el análisis, y el concepto, que fue moldeando en su doble condición de colombiano y alemán, que lo hizo excepcional dentro del panorama de la crítica y el ensayo convencionales en nuestros ámbitos domésticos.



Una de las más recientes controversias alrededor de su nombre se dio precisamente en las páginas virtuales de Cronopios, cuando con motivo de conmemorarse 15 años de la muerte de Estanislao Zuleta, con quien chocaron como el agua y el aceite desde lo empírico y lo académico, respectivamente, se atizó el fuego de una controversia pública entre seguidores de uno y de otro, y que al final fue cerrada por Gutiérrez Girardot con una carta enviada a Cronopios para hacer énfasis en las grandes distancias que, según su criterio, existen entre quienes leen el mundo desde la perplejidad de la ignorancia y quienes lo auscultan con base en conocimientos adquiridos bajo los rigores de la formación ilustrada.



Deja una obra extensa y valiosa, erudita y beligerante, con bases sólidas y aportes históricos e intelectuales notables: aunque sus antagonistas le criticaron siempre por su tendencia a mirar con ojos germanísticos la producción cultural criolla, siempre tuvo en su pluma y en su voz la presencia vital de Colombia, su país, y cósmica de su continente.



Toda la vida exaltó la memoria de su abuelo Juan de Dios Girardot como la de un gran maestro, calidad que también reclamó siempre para sus mentores Danilo Cruz Vélez y Rafael Carrillo, quienes mucho le enseñaron cuando estudió Derecho en El Rosario, a la vez que Filosofía en la Universidad Nacional.



Mucho se dirá a partir de hoy sobre el vacío que se siente con la noticia de su muerte. Su voz y su palabra quedan vivas y ardientes. Cronopios guardará apenas un minuto de silencio, pero sin duda vendrán muchos hombres y mujeres de palabra para decir lo que haya que decir en este momento de sorpresa para la literatura.



Ignacio Ramírez

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