el colombiano

Sexoterapia


¿Usar 10 condones a la semana o usar al mismo hombre por 10 años? La pregunta, que escuché hace poco de una amiga mexicana, y que parece cínica en principio, resume la disyuntiva básica de la mujer moderna.

La virginidad hace mucho dejó de importar. Creo que pertenezco a la última generación de mujeres que empezó su vida sexual pasados de largo los 20 años. No por falta de ganas sino porque, por lo menos en mi caso, tenía la certeza de que algo muy especial ocurriría si me guardaba.

Pero es el sexo la única alternativa que parece ofrecer el mundo. Buscar amor y compañía a través del sexo es siempre un error. Cuántos y cuántas hay que conozco que no hacen sino paliar su soledad, sus inseguridades, miedos y carencias saltando de cama en cama. Conozco también varios y varias, que después de años de promiscuidad desaforada, se refugian en sectas e iglesias, para encontrar de rodillas el Dios que no encontraron con las piernas abiertas.

La sabiduría oriental te enseña que el erotismo es un arte que ofrece la posibilidad de alcanzar extraordinarios niveles de percepción, bienestar y sabiduría. El Kamasutra, manual amatorio de origen milenario, dice en uno de sus apartes que una persona puede tener relaciones sexuales una sola vez al año salvajemente y quedar energéticamente cargada por un año entero.

¿Una sola vez al año? ¡¡¡Imposible!!! Grita saltando de su trono la reina Isabel de Inglaterra, accionista de la empresa fabricante del Viagra original.

¡¡¡Imposible!!! Gritan las empresas patrocinadoras del carnaval de Barranquilla, las que promocionan en medio de los desfiles y comparsas los condones, moteles, cervezas y aguardientes “abre chocho” que garantizan que ella “te lo da porque te lo da”. En esa ciudad son transmitidas por radio, sin ningún control o censura, en todas las emisoras y a todas horas, cuñas que promocionan en un tono bastante subido las bondades de decenas de moteles. En una de ellas un reportero hace una encuesta: “¿Con quién te irías de escape?” – “Con mi vecino que está bien bueno (risas)”, responde una mujer.
“¡Con mi jefe!” Responde una voz adolescente. “Con mi secretaria”, remata el aludido. Son mensajes que estimulan abiertamente la infidelidad, la promiscuidad, el sexo sin amor. Y vamos!, esto no es para nada un problema de moral sino de salud pública. El cardiólogo Rodolfo Vega, puso el dedo en la llaga: “Si el acelerado ritmo de contagio por virus del SIDA sigue creciendo en esta ciudad al ritmo actual, en nueve años habrá por lo menos un enfermo en cada familia barranquillera”. ¿Qué pasará cuando eso ocurra?

Temo que nos encaminamos aceleradamente a la realidad anticipada en el libro UN MUNDO FELIZ de Aldous Huxley. En él los niños son animados a empezar su vida sexual desde el preescolar. La monogamia es asumida como una indecencia. Un mundo en que cada uno es estimulado por el Estado (por su propio bien) a tener relaciones sexuales con el mayor número posible de personas distintas.

En el siglo XXI, al igual que en el neandertal, un elevado número de hembras seducidas le garantizan al macho respeto y jerarquía dentro de la manada. Y no importa cuán sofisticada o preparada sea una mujer. Algo en su código de ADN le estimula a entregarlo todo al machote malo, casos he visto.

Cuando pasas los 25 te dejan sino lo das. Difícil decisión de la que es mejor no dar cátedra. Una sesión de sexoterapia, de lujuria momentánea sustentada no en el deseo madurado y sabio, sino en la hormonal cachondez, te mantiene en forma cuando no hay amor a la vista. Previene la neurosis y las perversiones, pero te deja vacío. El sexo sin amor practicado en forma constante te mutila el alma, te la ensucia, te la empequeñece.

No todos los hombres son malos y no todas las mujeres son putas. No se puede juzgar la cosecha por algunas manzanas podridas. Es fácil tirar la toalla y meterse de cabeza en una iglesia huyendo del mundo. Tengo dos amigas que se han tenido que ir (la una de la ciudad y la otra del país) para escapar de malos amores. Conozco otra que opto por el lesbianismo de lo mal que le fue con los hombres.

Ambas soluciones son igualmente exageradas. Creo que la clave está en aprender a aceptar la vida, en perdonar la vida. Los buenos recuerdos te alimentan y los malos te hacen fuerte. Si lloras significa que estás vivo. Cuantos hay que se niegan a si mismos el placer de llorar. Las lágrimas sacan basurita acumulada de los ojos.

He gozado y llorado por amor con profunda intensidad y no me arrepiento de nada. ¿Y quién quita?, llevo en mi corazón tatuado a fuego el nombre de un hermoso y enigmático alemán, que conserva en sus ojos el extraño aliento de la dulzura. ¿Y por qué no volver a intentarlo? Siempre he pensado que lo más bello que nos ha regalado la vida es la certeza de esa mañana siguiente.