Si Estados Unidos quisiera hablar, de pronto Irán lo haría

Aunque muchos analistas políticos occidentales dicen que un gesto de Washington hacia Teherán podría ser visto como ‘amenazante’

TEHERAN, Irán — Sólo imagíneselo. El presidente Bush llama por teléfono al Presidente de Irán, le agradece su atenta carta, y pide sentarse a discutir los retos sociales, políticos y económicos que enfrentan ambos países.


Por supuesto que la idea de que Bush llame al presidente Mahmoud Ahmadinejad suena a pura fantasía. Por el momento, Estados Unidos está tratando de castigar a Irán por negarse a dejar de enriquecer uranio. Sin embargo, las sanciones pueden fallar, y las opciones militares parecen sombrías en cualquier caso.



Así es que, ¿qué sucedería si Washington decidiera de repente, en un acto público de alto nivel, seguir el consejo de don Corleone de mantener a los amigos cerca y a los enemigos más cerca? ¿Acercarse a Irán, como sostener pláticas directas con su Presidente, serviría en algo para persuadir a sus líderes para que abandonen su disposición a perseguir un programa nuclear a cualquier costo?



Los diplomáticos dirían que la diplomacia no siempre funciona en esa forma; que adoptar una pose afectada en público casi nunca es lo que genera una resolución pacífica a los antagonismos profundos; que lo que sí funciona es la negociación callada, muy alejada del ojo público. Claro que hay excepciones como cuando Anwar Sadat desafió públicamente a Menajem Begin para que lo invitara a Jerusalén a fin de pactar la paz en 1977.



No obstante, en el caso de Irán, analistas políticos y diplomáticos occidentales en esta ciudad dicen que seguramente ese tipo de esfuerzo dramático no surtiría el efecto deseado, al menos en un principio.



Los líderes iraníes tienen la certeza de que occidente quiere removerlos del poder, así es que su primera respuesta, dijeron muchos analistas en esta ciudad, sería acusar a Washington de estar tendiendo una trampa. La segunda reacción sería decir que el cambio validaría el enfoque de la línea dura respecto a occidente: que funcionó la beligerancia, y que mayor intransigencia produciría más resultados similares. Así es que, al menos en el corto plazo, continuarían adoptando una pose afectada y bravucona en público.



Sin embargo, ¿Washington está pensando sólo en el corto plazo?



Muchos analistas políticos, diplomáticos occidentales y reformistas en esta ciudad dicen que un gesto de Washington hacia Teherán, o con mayor precisión, un gesto que demuestre cierto grado de respeto y apertura hacia Irán bien podría ser visto aquí como mucho más amenazante para la dirigencia que la amenaza de sanciones económicas o políticas.



“El radicalismo siempre ha sido sostenido y fortalecido por occidente”, dijo Emad Baghi, un ex clérigo de una familia muy respetada que preside una organización de derechos humanos en esta ciudad, y aún tiene buenos contactos en el poder judicial.



En Irán, el término partidario de la línea dura es parte del léxico político, menos uno peyorativo que un calificativo parecido a liberal o conservador. En esa línea, muchos iraníes se refieren a Bush y su gobierno como partidarios de la línea dura. Y la forma convencional de pensamiento aquí es que los partidarios de la línea dura se ayudan entre sí con sus políticas de línea dura.



“Las fuerzas que defienden la integración de Irán al sistema internacional hoy son minoría”, dijo un analista político de un prominente instituto de investigación en Teherán que insistió en guardar el anonimato por temor al castigo. Los funcionarios iraníes han tomado medidas enérgicas contra quienes critican al gobierno, y han acallado efectivamente cualquier debate sobre su programa nuclear.



“La dirigencia se opone a la integración internacional”, dijo el analista. “Temen que se rompa o se pierda la pureza de su sistema”.



Es posible que sea difícil para los estadounidenses darse cuenta del grado al cual muchos iraníes, al menos los que viven en Teherán, anhelan mejorar las relaciones con Estados Unidos, y qué tan positiva, en general, es la imagen de Estados Unidos, o al menos de su pueblo, en las calles de esta ciudad.



Sin embargo, esos sentimientos no pueden influir en el cambio de la sociedad iraní mientras Estados Unidos habla de un cambio de régimen y amenaza con sanciones, argumentan muchos analistas y diplomáticos en esta ciudad. Un diplomático europeo en Teherán dijo que muchos intelectuales iraníes se indignaron y se sintieron debilitados cuando en 2002 Bush agrupó a Irán junto con Irak y Corea del Norte en el “eje del mal”.



Hoy en día, más que en ningún otro momento en muchos años, las figuras más poderosas de Irán se definen a sí mismas con el lenguaje de la revolución. El ex presidente Alí Akbar Hashemi Rafsanjani trató de construir vínculos económicos con capitales extranjeros y atraer inversión extranjera. Su sucesor, Mohammad Khatami, habló de un diálogo de civilizaciones, y utilizó el lenguaje de la diplomacia.



En contraste, Ahmadinejad habla de retornar a los valores de la revolución. Ingeniero de profesión, no obstante, ha creado una imagen que parece unir la combatividad de un clérigo y el populismo de Hugo Chávez de Venezuela.



Muchos analistas y ex funcionarios gubernamentales y diplomáticos dicen que en tanto autodenominados protectores de la revolución, Ahmadinejad y su círculo interno se benefician con el aislamiento que se genera con el pleito por la proliferación nuclear. Sería difícil sostener esa posición mientras se recibe a Irán en la Organización Mundial de Comercio, por ejemplo, o se pacta un tratado de comercio con Estados Unidos.



Con eso en mente, incluso ven como una amenaza el gusto por productos de Estados Unidos. “Todos mis clientes quieren las marcas estadounidenses”, dijo Ahmed Zadeh de 68 años, un distribuidor de aparatos electrónicos en el centro de Teherán. “A todo el mundo le gustan las marcas estadounidenses”.



Este tipo de expresiones hace que los partidarios de la línea dura se replieguen mientras buscan representar a Estados Unidos como la causa de todos los problemas de Irán.



“La decadencia”, dijo Ahmadinejad durante una conferencia de prensa la semana pasada, “es el resultado del materialismo occidental. Hemos sido contaminados hasta cierto punto”.



Este verano, las autoridades lanzaron una campaña para hacer que los habitantes de Teherán dejen de ver televisión satelital. Es una tarea interminable e inútil en una ciudad de 20 millones de habitantes, donde los techos están repletos de antenas satelitales. (Las antenas son ilegales pero se pueden comprar en el mercado negro como casi todo lo demás).



Las autoridades están tan ansiosas de reducir o contener la influencia de las culturas estadounidense, europea y asiática —de hecho, cualquier cultura ajena— que han enviado autobuses llenos de policías a las unidades de edificios de departamentos para confiscar las antenas. Durante gran parte del verano, esta guerra contra las antenas consumió más espacio en las primeras planas de los periódicos iraníes que la controversia por el programa nuclear.



“Cuando occidente amenaza con el aislamiento, ellos le dan la bienvenida”, dijo Mohsen Kadivar, un importante clérigo reformista, refiriéndose a los partidarios de la línea dura. “No se pueden integrar. Opinan que si Irán se integra, perdería su identidad islámica”.

Así es que cuando Ahmadinejad envió una carta a Bush la primavera pasada, ¿en realidad trataba de impulsar un diálogo?



¿O esta invitación falsa, con el propósito de generar una respuesta previsible serviría para aislar todavía más a Irán aun cuando su Presidente parecía sensato? Y la semana pasada, cuando el Presidente ofreció debatir con Bush, ¿fue genuino o fue una prestidigitación estratégica?



Interpretar intenciones siempre es riesgoso, pero quedó claro lo que obtuvo Ahmadinejad. Se rechazó la carta, al igual que el debate.



Así es que la semana pasada, se presentó ante una multitud que vitoreaba y declaró: “Quienes evaden el intercambio de ideas sobre temas mundiales no se pueden defender lógicamente”.



Así es que, ¿qué habría pasado si la Casa Blanca hubiese aceptado el reto y puesto en evidencia a Teherán respondiendo, por ejemplo, con un sí cuidadosamente elaborado? ¿Qué le habrían dicho los líderes en Teherán a la multitud entonces?

MICHAEL SLACKMAN
NYT

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