Tener de vecino a un ‘monstruo’ como Marlon Brando y vivir para contarlo…

Cuando apareció la crónica el temperamental actor dijo que era la CIA, agarró sus maletas y se fue del país y jamás volvió

Hace 37 años apareció por Cartagena Marlon Brando, en el apogeo de su carrera. Su presencia, como es natural, produjo conmoción, la misma que produjeron las decenas de italianos que vinieron a filmar la película Quemada.



Mientras el actor llegaba y se instalaba en una casa alquilada, de propiedad del antioqueño Raúl Escobar Lince –ubicada en la primera avenida del sector de Bocagrade-, llegaba yo de Sincelejo donde había permanecido trabajando dos años en una emisora de radio, luego de haber tenido un problema serio por una columna que escribí en el Diario de la Costa con el título de “Impactos”. En ella me referí a una señora de alta alcurnia y eso llevó a que me acusaran de calumnia e injuria. El director del periódico publicó en primera página que mientras no se resolviera el problema judicial del columnista, este quedaba suspendido. Así que, fuera del matutino más leído de la ciudad, decidí irme a vivir a Sincelejo.



Pasado un tiempo, llamé al director del periódico y le pregunté si podía volver a escribir. Su respuesta fue que sí, pero con seudónimo, y debía cambiar el nombre de la columna. Luego de varias propuestas telefónicas en relación con el nuevo nombre, él aceptó que le pusiéramos “Flash”.



Ya de regreso, encontré un recado en la casa de mis padres, ubicada muy cerca donde estaba alojado Brando -donde hoy queda el hotel Cartagena Real-, en la que el director del periódico, Rafael Escallón Villa: me decía: “Espero que reaparezca con los mismo bríos de antes. Recuerde que los lectores ya se han olvidado de usted”.



Mi padre me insinuó que por que no entrevistaba a Marlon Brando. La idea me pareció correcta, pero en un par de horas, me di cuenta que era imposible. En la puerta de la casa donde estaba alojado el actor, se encontraban en guardia dos militares, contratados para no dejar pasar a nadie. Allí me topé con don Gonzalo de Palacios, el veterano periodista de Vanidades Continental, que se devolvía desilusionado porque no había forma de acercarse a Brando. Desistí de la entrevista, y en los días subsiguientes, me fui enterando de algunos pormenores de la vida del actor.



En principio, sus vecinos –la familia Piñeres-, personas de pergaminos en la ciudad, le habían enviado como cortesía unas frutas de bienvenida y este groseramente las rechazó. Fue entonces cuando me empezó a sonar una idea, que fue tomando tiempo con el transcurrir de los días. Se me ocurrió que a lo mejor podría subirme por el techo de la casa vecina donde vivía Brando y espiar lo que hacía en sus ratos libres, ya que era un misterio su vida en Cartagena. En esa época, yo era flaco y fácil de ubicarme en cualquier lugar. Le presenté la idea a Ramiro Jiménez Sabogal, hoy residente en Miami, y no la rechazó siempre y cuando no lo comprometiera a él, quien se haría el de la vista gorda, puesto que era un peligro y me recordaba la vigilancia policíaca. Pero me llené de arrestos y no fue fácil la primera vez. Mi intuición era acertada. Fueron muchas “novedades” las que encontré en su intimidad.



Por un ‘huequito’



Tenía a una oriental viviendo con él, lo que era desconocido para todos los que seguían sus pasos en la ciudad. Se la pasaba tocando bongoes con un señor de barba que luego supe que se llamaba Sam Kelman y era uno de sus grandes amigos. Presencié como fumaba marihuana con las dos personas mencionadas y fui espectador de un incidente con un chef que tenía contratado.



Recuerdo que Marlon estaba con un sombrero sabanero y un suéter rojo, y el chef, vestido de cocinero, le trajo una gelatina. No sé qué no le gustó a Brando, pero se la tiró en el rostro sin contemplación.



Por lo menos eran cuatro o cinco subidas al techo en la semana, con el fin de hacer una crónica “íntima” sobre su vida en Cartagena. Algo que sorprendió a los lectores cuando apareció el escrito, fue el descubrimiento de una persona idéntica a Brando, quien vivía con él y hacía las veces de doble. Casi siempre salía de la residencia el otro y no el actor, y luego al rato, salía él. Después de varios días documentándome apareció en dos páginas del Diario de la Costa la crónica titulada: MARLON BRANDO: INTIMO…



Su reacción fue natural: dijo que era la CIA. Agarró sus maletas y se fue del país y jamás volvió. Los productores perdieron millones y se fueron a terminar la película a Marruecos. Dos noches antes de partir, Brando estuvo en una reunión en el Club de Pesca de Cartagena y alguien, con mala fe, señaló al fotógrafo Elías Valderrama, quien trabajaba conmigo en el periódico. El actor enfurecido se paró y sin mediar palabra le destruyó la cámara fotográfica. Dieciséis años después, en New Yérsey (Estados Unidos), tres semanas antes de escribir estos párrafos, me encontré en un restaurante a Elías. Hoy día tiene negocio de video, y recordamos con nostalgia aquellos episodios de ‘La Quemada’.



Solamente una vez -fuera del techo- vi en persona a Brando, pero en ese momento todavía no tenía pensado hacer la crónica. Él iba casi todas las noches a un restaurante italiano, de propiedad de una pareja, ella italiana y él gringo. El matrimonio tenía una hija de unos 16 años, muy linda, con cara de ingenua, quien les ayudaba en los quehaceres del restaurante Patio Italiano. Pues bien, Brando convenció al matrimonio para que se fueran a vivir con él y su hija a Tahití, que vendieran el restaurante y que le cocinaran exclusivamente a él. Ellos lo complacieron e hicieron el peor negocio de su vida. A los pocos meses regresaron de la isla donde los llevó Brando. El matrimonio volvió derrotado y la ingenua niña, a quien le decían Coralillo, se convirtió en una adicta a la droga y terminó de pandillera en las calles de Cartagena.



La notoriedad que produjo mi crónica traspasó las fronteras. La revista Vanidades Continental, por intermedio de Gonzalo de Palacios, publicó una foto donde aparezco con los actores Troy Donnahue (‘Los amantes deben aprender’ y ‘El Padrino II’) y Stefanie (‘Los Hart Investigadores’), actores amigos con una leyenda que decía: “Edgar García Ochoa –Flash- el joven periodista que hizo ir de Cartagena a Marlon Brando”.

Finalmente nos hemos enterado –por el amigo Rúgero Manotas, ex jugador de béisbol profesional- que un periodista de la cadena mundial de noticias CNN, en medio del debate sobre libertad de prensa y privacidad, ha recordado –después de 37 años- el sonado caso de la huída de Marlon Brando de Cartagena, atribuida a mí, que revelé –no siendo paparazzi- algunos aspectos de la intimidad del legendario actor.



Edgar García Ochoa
FLASH

Acerca del Autor