Trabajar entre balas en un país que se contrae

Para muchos insurgentes, y para una clase afiebrada de fanáticos, los reporteros occidentales son parte de la guerra, blancos en su rifle

BAGDAD, Irak.- En los 19 meses desde que las tropas de Estados Unidos irrumpieron por primera vez a través de la frontera aquí, Irak ha sido muchas cosas para mucha gente: una guerra necesaria, un proyecto para la democracia, un pantano interminable.



Para las docenas de corresponsales de diarios y estaciones de televisión, sin embargo, que tratan de extraer algún sentido de lo que ocurre aquí, Irak es, sobre todas las cosas, un país que se está encogiendo. Aldea por aldea, manzana por manzana, esta tierra vasta y desafiante a la que ingresamos en marzo de 2003, se ha contraído hasta convertirse en un estado-ciudad medieval, un lugar tenso y amargo donde la única pregunta en estos días es cuánto territorio más perderemos mañana. En algunos días, o al menos eso parece, todos estamos atestados en una sola habitación juntos, aferrando nuestras libretas y viendo las paredes.



Lo que quiero decir por supuesto, es que el negocio de reportear en Irak se ha convertido en un asunto terriblemente truncado, una empresa limitada y recortada por la violencia que nos rodea. Si los militares estadounidenses tienen sus zonas de "no entrar", donde ya no mandan a sus tropas, nosotros, en la prensa, tenemos también las nuestras: no sólo Fayula y Ramadi, sino también Tikrit, Mosul, Mahmudiyah y grandes sectores de Bagdad. Incluso en las áreas de la capital que se supone son relativamente seguras, muy pocos reporteros son todavía tan audaces que se atreven a bajarse de un auto, caminar por la calle y hacer preguntas al azar a los transeúntes. Es algo que se puede hacer, pero más vale que uno se mueva rápido.



Repetir las palabras anteriores a cualquiera que ha trabajado en Irak en las semanas recientes sería una pérdida de tiempo. La mayoría de nosotros tiene su propio repertorio de incidentes donde la suerte nos salvó, que bastan para recordarnos lo peligrosas que pueden ser las calles en esta ciudad. Para el recién llegado, está el vídeo de los dos reporteros franceses, secuestrados y suplicando por su vida, y la lista, actualizada regularmente, de los 46 reporteros muertos en este lugar cuando cumplían con sus tareas.



No fue una sorpresa, entonces, ser testigos de la reacción a un mensaje en correo electrónico escrito por Farnaz Fassihi, una corresponsal en Irak para The Wall Street Journal, que tenía como objetivo ser una carta privada para sus amigos, pero que de alguna forma llegó al Internet y a un público masivo. Un gran número de los relatos periodísticos de Fassihi han descrito con gran detalle el estado caótico e incierto en el que ha caído este país. Sin embargo, su descripción de sus propias condiciones de trabajo, del mundo contraído y peligroso en el que ahora opera, causó conmoción entre mucha gente.



Parte de la fascinación que ha causado el mensaje en e-mail de Fassihi quizá pueda atribuirse a su índole personal; una cosa es que un reportero describa un país sumido en la anarquía, pero otra, muy diferente, es que la misma persona diga que no puede salir de su cuarto de hotel por temor a ser asesinada.



Parte de la sorpresa puede atribuirse también a la suposición, ahora obsoleta, de que los reporteros son considerados neutrales en los conflictos armados, que están allí para registrar para la historia lo que ocurre. En Irak, esto no ha sido cierto desde hace varios meses. Para muchos insurgentes aquí, y para una clase afiebrada de fanáticos, los reportos occidentales son parte de la guerra, blancos en su rifle.



En The New York Times, donde no hemos escatimado gastos para protegernos, el catálogo de víctimas y casi víctimas es lo suficientemente largo para enfriar los huesos al corresponsal más veterano. Nos han disparado, secuestrado, vendado los ojos, tomados prisioneros y mantenido a punta de cuchillo, a punta de rifle, detenidos, amenazado, golpeados y perseguidos. Uno de nuestros corresponsales fue llevado con los ojos vendados a las afueras de un pueblo en mitad de la noche, prisionero de hombres armados que, finalmente, lo ordenaron que se bajara del auto. En otra ocasión, una muchedumbre empezó a arrojar ladrillos, y uno de nuestros fotógrafos, quien estaba parado a mi lado, fue golpeado en la cabeza y requirió un buen número de puntos en la herida.



Y con esto sólo se mencionan los actos intencionales. En cualquier día que se quiera mencionar, aquí explotan autobombas, estallan tiroteos y batallas y granadas de mortero caen a pocos metros, en ningún caso exactamente apuntadas a nosotros, sino por error de cálculo. Al escribir este ensayo, una tarea que me tomó tres horas, dos cohetes y tres granadas de mortero han caído lo suficientemente cerca para sacudir los muros de nuestra casa. La puerta de mi balcón se abre para dar a un club social iraquí, y el rugido de los estallidos causó pánico entre los iraquíes, con sus gritos claramente audibles por encima de la música árabe que emitían las bocinas.



En el tiempo que he estado aquí, he anotado diversos sucesos políticos significativos, como la redacción de la nueva Constitución iraquí y el fin oficial de la ocupación estadounidense. He anotado también diversos sucesos de índole personal.



27 de octubre, 2003: Atacado por una muchedumbre.



19 de diciembre, 2003: Me dispararon.



8 de mayo, 2004: Seguido por un auto lleno de hombres armados.



28 de agosto, 2004:Detenido por el ejército Mahdi.



El último de estos casos fue muy instructivo, al menos en lo que se refiere a lo difícil que se ha tornado trabajar aquí. Fue capturado por un líder de nivel medio del Ejército Mahdi en Najaf, en las afueras del Santuario del Imán Ali, cuando los guerrilleros de Muqtada al-Sadr todavía estaban saliendo de allí. Se suponía que la lucha había terminado.



"Tú eres el segundo espía estadounidense que he capturado hoy", se jactó el líder insurgente, mientras me llevaba con él.

Más tarde me enteré de que el "primer" espía estadounidense que el Ejército Mahdi había capturado ese día era mi propio colega, un par de horas antes. Ya había sido liberado para el momento en que yo fui capturado; me dejaron ir después de que persuadí a otro comandante Mahdi de que yo era un periodista y que me iría de allí inmediatamente.



"Sal de aquí ahora", me dijo.



Con el Ejército Mahdi, cuando menos tuve oportunidad de hablar. Cuando salía de mi auto en la escena de un atentado por un bombardero suicida el otoño pasado, me introduje en lo que parecía ser una muchedumbre tranquila, sólo para descubrir que era una masa de hombre indignados y con deseos de hacer algo, dispuestos a culpar a los estadounidenses, como sucede frecuentemente con los iraquíes, por la muerte y la destrucción que los rodeaba. La muchedumbre avanzó contra mí y mis colegas antes de que pudieramos regresar al auto.



"íMátenlos!", gritó un anciano. "íMátenlos!"



Apenas logramos salir con vida. De regreso en la oficina, contamos 17 ladrillos dentro del auto, y todas las ventanillas estaban destrozadas. Uno de los ladrillos está ahora en mi librero.



En la mayoría de los países extranjeros donde he trabajado, ser un estadounidense era una especie de blindaje: el temor de meterse con un estadounidense obligaba incluso a los fanáticos más iracundos a pensar dos veces antes de actuar.



Aquí, sin embargo, ese temor se ha desvanecido y, de hecho, lo opuesto es cierto. Ser un reportero estadounidense en Irak, cualquier tipo de estadounidense, no sólo es ser un blanco uno mismo, sino también hacer un blanco de los que están cerca. Como resultado, algunos irquíes ahora prefieren evitar encontrarse con un corresponsal. Tan sólo el otro día por ejemplo, un hombre iraquí con el que me había reunido varias veces antes, me pidió no hablar inglés en el pasillo que llevaba a su oficina. También me pidió no usar mis gafas contra el sol y mi camisa polo y pantalones vaqueros cuando fuera a verlo. Regresé nuevamente, con mis prendas de vestir habituales.



"¿Por qué no hiciste caso de mi consejo?", preguntó.



En otro caso, un alto funcionario gubernamental iraquí a quien había visto varias veces frecuentemente me pidió que me encuentre con sus guardias armados frente a una mezquita local, y luego sus hombres me conducen en auto a su casa. Es mejor no tener un auto de un reportero estadounidense estacionado frente a su casa.



La consecuencia real de la matanza que ocurre aquí es que los reporteros ya no podemos hacer nuestro trabajo en la forma que desearíamos. Los reporteros aquí no son nada más que observadores y gente que escucha, y si no podemos salir de la casa, las imágenes de lo que ocurre en Irak, incluso con la ayuda de intrépidos reporteros iraquíes contratados, casi inevitablemente será vaga e incompleta.



Algunos de mis colegas se han rendido. La mayoría de los reporteros europeos, como los franceses, italianos y alemanes, se han ido. Y hay mucho menos reporteros estadounidenses ahora que hace unos cuantos meses. Esto no resulta evidente hasta que alguien importante celebra una conferencia de prensa, y uno deja vagar la mirada por el auditorio, como yo lo hice el otro día, y se da cuenta de que hay muchos menos reporteros occidentales que antes.



En mis muchos meses en este país, con frecuencia me he obligado a recordar que, por mal que se pongan las cosas aquí, cuando menos todavía puedo trabajar, y que tengo un pasaporte en caso de que eso ya no sea posible. Mis amigos iraquíes no son tan afortunados. La mayoría está tratando de continuar su vida normal entre el caos diario.



En el club social afuera de mi ventana, los iraquíes, después de una pausa causada por el bombardeo, nuevamente han empezado a divertirse, y la música árabe y las risas ascienden hasta mi balcón.



DEXTER FILKINS
The New York Times News Service

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