Un ‘yoísta’ Uribe y su ‘yes man’ Óscar Iván


El expresidente Álvaro Uribe estuvo en Miami la semana pasada, ‘enmancornado’ con el receptor de su ‘dedazo’ presidencial 2013, Óscar Iván Zuluaga, e invitado por la Cámara de Comercio Colombo Americana para dictar una charla sobre las perspectivas económicas latinoamericanas de cara al futuro, almuerzo-conferencia que rápido devino en una suerte de yoísmo, ese síndrome de los que se sienten el ombligo del mundo y constantemente tienen que estar mencionando sus logros, acciones y hasta desventuras: Yo hice esto, yo hice aquello, yo ordené esto, yo no tengo miedo, yo soy el mejor, yo soy el más bueno, yo confié en aquel, yo fui traicionado, yo ahora confío en este, yo espero que no encuentre el puñal trapero. Yo, yo… y yo. ¿Y después qué? ¡Yo!

El salón en el que se realizó el evento en el hotel Hyatt del centro de Miami estaba con una ocupación de casi el 80 por ciento y la estrella de ese mediodía llegó con más de una hora de retraso. Como suele hacer Obama. Barack Obama. “Yo no tuve la culpa, yo no manejo”. La concurrencia, da variopinta procedencia, estaba compuesta por una mayoría —obvia— de colombianos, seguida por venezolanos, quienes ven al expresidente como un verraco —¡yo si soy verraco!— que le plantó cara al fenecido Hugo Chávez y hoy hace igual con su heredero Nicolás Maduro.

Eso se lo dijo con voz fuerte (algo que al parecer no puede hacer en su oficina municipal) el alcalde venezolano de Doral Luigi Boria —quien ocupaba mesa principal en el recinto— al entregarle las llaves de la joven ciudad al ex jefe de estado, para decirle de paso que con ella podía llegar cuando quisiera a la urbe, en la que se sentiría como en su casa, gracias al número de colombianos y venezolanos que en ella habitan y que representan la segunda y tercera comunidad allí, respectivamente, después de los cubanos. Cuando el burgomaestre dijo que los colombianos eran más de 25% de los habitantes de Doral y los venezolanos casi 20%, varios de sus paisanos se miraron incrédulos, porque hasta ahora han tenido la percepción de ser mayoría, quizá por el remoquete de ‘Doralzuela’ con el que se conoce a la pequeña ciudad.

Uribe aceptó complacido la simbólica llave y le dijo a Boria: “Yo voy a colgar esta llave y cuando la mire yo no voy a pensar que la necesito para entrar a Doral… yo sé que esa ciudad es una de puertas abiertas para todos los latinoamericanos”. Luego agregó. “Los venezolanos saben que yo cuando tomo un micrófono, como este de mediodía, fustigo al régimen aquel y si yo no tengo micrófono, yo trino hasta decir basta y todos los días yo derroto a esa dictadura”.

Las ovaciones aumentaron y Uribe pasó revista al asunto central de la conferencia con datos y cifras sobre casi todos los países de la región y sus posibilidades futuras, para acto seguido enfocar sus carnitas y sus huesitos en la cosa política, disparándole a mansalva ‘al traidor’ presidente Juan Manuel Santos, a los narcoterroristas de las Farc, a la negociación de La Habana, a ese pacto de impunidad —yo hice algo muy diferente con los paramilitares… ¿….?— y como una ñapita sacó tiempo para promover las bondades de su nuevo protegido, un Óscar Iván que asentía en automático a todo lo que él decía y le miraba embelesado cada vez que dejaba de golpear teclas en un iPad que no dejó de jurungar ni un minuto. Su jefe, embebido en un yoísmo muy suyo, no notaba esa falta de respeto, porque de lo contrario en lugar de decir “yo sí creo que ahora yo si escogí bien”, le habría dicho: “¿Yo a Óscar Iván cuándo le he enseñado esa mala educación? ¡Yo no tolero eso! Yo no sé, pero si usted sigue así, yo le voy a jalar las orejas y hasta de pronto me busco a otro”.

Y el ex siguió con su diatriba. Un discurso que conoce al dedillo y le queda fácil, porque está convencido que él dividió la historia de Colombia en un antes y un después. Yo patatín, yo patatán. Él hizo todo lo bueno de sus dos periodos de gobierno, pero curiosamente estaba durmiendo cuando otros hicieron las cosas malas de su administración. ¡Se aprovecharon de yo! Miren a ese ex ministro que era el más duro de los antichavistas y cuando yo lo apoyé y lo hice presidente, yo no sé qué le sucedió porque enseguida salió corriendo a darse abrazos y besos con el mismísimo demonio. Yo quedé de una pieza. Yo no he logrado calmar mi piedra ni con las famosas gotitas que yo me hago preparar. Yo tengo que hacer algo para sacarlo de esa casa que fue mía y por eso yo decidí que Óscar Iván es mi discípulo ideal para esa encomienda y yo espero que no haga lo mismo que el otro sinvergüenza ese. ¡Yo veré!
Alfredo Mantilla
director@elcolombiano.net

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