Una antigua revolución, hace cierto eco en la actualidad

El Presidente Bush comparó la búsqueda de la democracia del gobierno iraquí con la de los patriotas húngaros de 1956

NUEVA YORK — Qué divertida es la historia, que remota puede parecer, y cuán cercana, incluso en la atestada Times Square en la ciudad de Nueva York, escasamente un oasis de retrospección. Charles Legendy recordó estar ahí el otro día cuando su mirada se topó con un cartel en blanco y negro de un tanque marcado con las palabras “Hungría 1956” y, debajo de eso, “Nuestra Revolución no fue una Película”.



Su esposa, Annemarie, también vio hacia arriba, y el elegante joven a la izquierda del tanque en una ciudad europea que se levantó con ira revolucionaria contra el imperio soviético acaparó su mirada. Lo conocía, sintió, con cierta familiaridad. “Charlie”, dijo, apuntando a la fotografía, “¡ese eres tú!”



Medio siglo puede compendiarse en un momento, anulando el exilio y toda una vida en Estados Unidos, y haciendo retroceder a un neoyorquino de 69 años, Legendy, al Budapest de su juventud, en vísperas del levantamiento húngaro del 23 de octubre de 1956, viviendo una vez más “esa atmósfera eléctrica, esa alegría absoluta”.



La desorientación de Legendy —dijo que le tomó algún tiempo aceptar que realmente fue captado en una imagen que nunca había visto antes— es en cierta medida también la de todos los estadounidenses en este 50 aniversario. Los acontecimientos húngaros son distantes, ¿pero lo son? Una vez más, con disfraz cercanoriental, Estados Unidos enfrenta cuestiones de contención o reconsideración, de principio moral o cautela pragmática, de libertad o estabilidad.



“Se plantean los mismos dilemas, más fundamentalmente la cuestión de cómo Estados Unidos puede comportarse responsablemente y si pudiera ser más trágico involucrarse en la guerra contra la tiranía o evitar hacerlo”, dijo Paul Berman, autor que ha escrito ampliamente sobre la historia política europea.



El Presidente George W. Bush, que eligió derribar el statu quo en Irak y desencadenar una violenta inestabilidad en nombre de la libertad, no ha vacilado en trazar una línea recta de Budapest a Bagdad.



Ha comparado la búsqueda de la democracia del gobierno iraquí con la de los patriotas de 1956 y ha dicho a los húngaros: “Hemos aprendido de su ejemplo, y decidimos que cuando un pueblo se levante para pelear por su libertad, Estados Unidos estará a su lado”.



Eso tiene un eco de ello y el sello de la certeza neoconservadora posterior a la Guerra Fría. Pero el gobierno de Eisenhower también había prometido hacer retroceder al comunismo de Europa Oriental. Sin embargo, cuando Hungría se rebeló, se le dejó sola ante un destino sombrío bajo el yugo soviético. La libertad fue dejada de lado en favor de eludir la Tercera Guerra Mundial.



Peor aún, Estados Unidos engañó a los combatientes de la libertad. Radio Europa Libre, vocera de Washington, incitó el levantamiento, declarando el 4 de noviembre de 1956 que una “se esperaba una manifestación práctica de simpatía occidental en cualquier momento”. Asimismo, desacreditó al líder y mártir de la revolución, Imre Nagy, como un comunista comprometido.



Una mezcla menos elocuente de engañosas casi promesas y demandas máximas de parte de un caballero estadounidense convertido en espectador es difícil de imaginar. Eso aún causa encono, como todas las tachaduras hechas sobre el idealismo inextricable de la narrativa cargada de libertad de la política exterior estadounidense.



“No se puede incitar a la gente y luego no hacer nada para ayudarle”, dijo Max Boot, comentarista conservador del Consejo sobre Relaciones Exteriores. “El paralelo más cercano es lo que sucedió en 1991, cuando dijimos a los curdos y chiitas de Irak que se rebelaran y los abandonamos. Esto fue realmente inexcusable, aun más que en 1956, cuando realmente no había opciones militares salvo empezar una guerra mundial”.



¿O las había? La historia acontece, simplemente. Pocos eventos son tan exasperantes como el levantamiento húngaro, cuyos días iniciales vieron la vacilación soviética y una creciente creencia de que Nagy, el primer ministro, podía idear alguna forma de democracia pluralista —más Titoismo— incluso dentro de la órbita comunista. ¿Podría el ejercicio del principio estadounidense militante sobre la flexibilidad haber empujado a Hungría hacia la neutralidad lograda por Austria en 1955?



Lo hipotético tiene poco valor: lo que sucedió, sucedió. Miles murieron; Hungría esperó otros 43 años para ser libre. Pero ahora sabemos por los archivos soviéticos que el 30 de octubre de 1956, a una semana de iniciada la revolución, Nikita Khrushchev seguía hablando de “un camino militar”, es decir de “ocupación”, o “un camino pacífico”, “la retirada de las tropas, la negociación”.



El dado, al parecer, no fue lanzado desde el principio. Ciertamente esa era la impresión en la calle, donde Legendy, entonces un estudiante de la universidad técnica de Budapest, recordó: “Parecía que podíamos cambiar el sistema. A las tropas rusas se les ordenó sofocar el levantamiento, pero fuimos ineficientes, titubeantes. Estábamos casi seguros de que Estados Unidos intervendría. Después de todo, estábamos siendo atacados por ser pro-estadounidenses, y Radio Europa Libre nos estaba alentando a poner fin al régimen”.



Pero Estados Unidos no estuvo dispuesto a desafiar la división de Europa entre la esfera libre y la totalitaria; y Gran Bretaña y Francia estaban inmersas en la crisis simultánea de Suez, un intento occidental por reafirmar el imperio en Medio Oriente que resultó menos exitoso que la decisión final de Khrushchev de imponer el imperialismo comunista a través de la fuerza de las armas.



No sorprende que Eisenhower expresara intranquilidad, en una discusión con su secretario de Estado, John Foster Dulles, en sus sentimientos de que “hemos incitado a los húngaros todos estos años”, y “ahora les estamos dando la espalda cuando están en un lío”. A lo cual Dulles, según un memorando de la conversión del 9 de noviembre de 1956, respondió que “siempre hemos estado contra la rebelión violenta”.



Así continúa la historia —e innumerables vidas humanas— flotando en medio de los caprichos y vacilaciones y pequeñas hipocresías de los poderosos. Pero el derramamiento de sangre y la derrota húngaros no carecieron de efectos catalizadores.



La revolución impulsó a la izquierda euroccidental hacia el principio de una reconsideración del comunismo, por mucho tiempo un caso del corazón. “Hungría indicó a Occidente que no era cierto que las masas apoyaran al comunismo”, dijo Berman.



También llevó a los húngaros, en el lado equivocado de dos guerras mundiales y la división de Europa, a redescubrir su orgullo. Arthur Koestler es citado en “Great Escape” (Gran Escape) de Kati Marton, un nuevo libro sobre la pérdida de Budapest de su intelectualidad judía, diciendo que “ser húngaro es una neurosis colectiva”. Ese estado fue aliviado por un levantamiento que se volvió un punto de referencia colectivo en el camino de la nación hacia la OTAN y la Unión Europea.



Finalmente, y quizá lo más importante, Hungría se convirtió en ejemplo para los checos, los polacos y otros en la red de la disidencia y el desafío que conduciría a la caída del Muro de Berlín.



Un optimista, y algunos preparados para adoptar una visión a largo plazo, podría ver estos acontecimientos —una región catalizada, una visión occidental cambiada de la aceptabilidad de una ideología totalitaria, un orgullo nacional redescubierto— y argumentar que la invasión iraquí, pese a todo su terrible costo humano, también ha puesto en marcha un ciclo que resultará ser liberador.



Legendy, quien huyó de Budapest en 1956 y posteriormente estudió en la Universidad de Princeton, apoya la invasión firmemente, aunque es un demócrata y cree que se han cometido graves errores. “Por mi experiencia de Hungría, tengo fuertes sentimientos sobre Irak”, dijo. “Los baathistas y los comunistas son muy cercanos, primos en primer grado. La cauda de la libertad es grandiosa”.



Su hijo de 23 años, Gabriel, también graduado de Princeton y ahora teniente segundo con el Ejército de Estados Unidos, está en Bagdad. Hace casi un mes, el 11 de septiembre, el teniente Gabriel Legendy envió una carta a sus padres desde Irak diciendo que sintió melancolía cuando recordó el ataque a Estados Unidos. “Ese día y mis pensamientos y sentimientos al respecto han dejado honda huella en mi vida”, escribió. “Quizá esta carta es mi forma de observar un minuto de silencio”.



Así que una especie de línea corre de Budapest hacia Bagdad, de un estudiante húngaro en rebelión contra el comunismo hace medio siglo hacia su hijo, un joven oficial estadounidense que trata de dar forma a un Irak libre. Pero ¿cuál es la mejor forma de forjar la libertad?



Un realista podría concluir por loe eventos de 1956 y lo que siguió, así como por la confusión iraquí de hoy, que el totalitarismo debe ser derrocado no por medio de un ataque frontal, sino fomentando la resistencia desde dentro; a través de un papa polaco, digamos, o el mujaidín antisoviético y financiado por Estados Unidos de Afganistán en los años 80.



A través de la sutileza, es decir, y el sondeo a largo plazo, y el conocimiento y agentes de influencia efectivos, todo aparentemente ausente en el Irak cuya libertad le gusta pregonar al gobierno de Bush.



Pero quizá haya una tercera visión, y esa es simplemente la de la historia como tragedia, un proceso donde a veces ninguna opción, ya sea de transformación o de intensificación, es buena, y los acontecimientos podrían ser tan arbitrarios como el raro encuentro de Legendy consigo mismo en Times Square.



El cartel fue puesto a un costo de 100,000 dólares por el Centro Cultural Húngaro, cuyo director, Laszlo Jakab Orsos, dijo: “Lo que sucedió al señor Legendy ilustra la naturaleza de la historia, que no es más que una cadena de relatos y vidas, todos entrelazados, a menudo en las formas más inesperadas”.



ROGER COHEN

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