Una cifra que mete miedo…


La cifra es grande, muy grande y contundente: Doscientas veinte mil víctimas. Una cantidad que bien podría definir el monto de habitantes de una ciudad de mediano tamaño, como Popayán o Sincelejo, pero que en este caso son los muertos que ha puesto nuestro país en ese conflicto sin fin que se ha nutrido de guerrilla, paramilitares, fuerzas del estado, narcotraficantes y delincuentes comunes que pescan en el río revuelto de un drama que nunca termina.

De acuerdo al informe que acaba de presentar el Grupo de Memoria Histórica creado en el marco de la Ley de Justicia y Paz que se puso en marcha cuando se desmovilizaron los paramilitares en el gobierno de don Alvarito (por cierto, ¿se desmovilizaron o cambiaron de nombre?), desde 1958 hasta 2012 —en esos 54 años— la guerra fratricida colombiana ha dejado tal cantidad de muertos.

Un dato que estremece dentro de los resultados de la investigación, es que 8 de cada 10 personas muertas de manera violenta eran civiles. Impresionante —o escalofriante— por donde se le mire y analice.

Las vías para llegar a esa tumba colectiva incluyen asesinatos selectivos, combates, masacres, estallido de bombas y minas, desenlace de secuestros, ajuste de cuentas entre bandas rivales, falsos positivos, desaparecidos y hasta crímenes políticos, para solo citar los más comunes en ese cruel desangramiento nacional que sigue y no para.

Seguramente ese informe no es rigurosamente exacto y la cifra de víctimas puede variar, pero pienso que cualquier corrección bien podría elevar la cuota luctuosa, antes que disminuirla. Mejor ni escarbarla.

Con el drama de ese tamaño, ¿hasta dónde quieren los halcones de la guerra que siga el país aumentando la cuota de sacrificio? ¿Cuántos colombianos más —inocentes o culpables— deben morir antes que podamos aceptarnos con todas nuestras diferencias? ¿Es con más bala, con más recursos dilapidados, con más violencia, que algún día podremos reconciliarnos? Hoy cualquier persona sensata sabe que no es por ese camino y si los colombianos tenemos que tragarnos algunos sapos para lograr la paz, yo estoy dispuesto a comerme más de una anquita —que no me gustan— con tal de acabar con tanta barbarie. ¿Y usted?
Alfredo Mantilla
editor@elcolombiano.net

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