Vejez al acecho

Ningún hombre anhela llegar a la vejez a menos que tenga varios millones de dólares en los bancos y una rubia despampanante a su lado para disfrutar juntos, cada instante, los placeres escasos de la vida senil.



Pero ser viejo trae consigo algunas ventajas comparativas. Casi ningún hombre de edad avanzada está obligado a sostener relaciones sexuales más de una vez al mes. Si acaso una cada trimestre, y la mujer está compelida a entenderlo. ¡Cosas de la impotencia!



También debe comprender la pareja, joven o contemporánea en edad, rubia o morena, que el periódico en las mañanas y una taza de café humeante, eso sí: bajo en azúcar por la diabetes, no pueden faltar en el balcón del apartamento o en el patio de la casa con vista al lago de fondo. Sin estos dos elementos, la vejez podría ser más nefasta; aburrida si se quiere.



El viejo anda en chancletas o pantuflas porque sufre de artritis, pretexto ideal para llegar en fachas extrañas a entidades públicas, bancarias y demás. He visto a varios de ellos al extremo de la asfixia, con balas de oxígeno adosadas a sus sillas de ruedas, en grandes cadenas de almacenes por departamentos. Lo realmente importante es estar en familia, aunque el abuelo sea casi un estorbo difícil de lidiar.



¿Qué puedo decir de aquellos que se internan voluntariamente en hospitales para rodearse de enfermeras? Es una opción interesante, y muchos recurren a ella para agarrar glúteos o, simplemente, con el propósito de sentirse amados, de algún modo, por las que denomino en su conjunto ‘el clan de las chicas de blanco’. Hermosísimas las hay; otras producen pánico, especialmente cuando miran en contraluz el contenido y medida exacta de una jeringa proyectando al paciente un rostro austero.



La bacinilla es parte del mobiliario de la habitación del anciano. Usarla dos o tres veces en la noche y madrugada es común, algunos con pésima puntería, creando charcos de olores nauseabundos al lado de la cama. La más afectada es la mujer que tiene la imperiosa necesidad de llevar el recipiente para vaciarlo todas las mañanas en el sanitario. Las más inteligentes los duermen con pañales tamaño XXXL en prevención contra la incontinencia.



El hombre añejo posee la más grande de las prerrogativas. Aunque podría levantarse bien al mediodía, él lo hace muy temprano para deleitar sus sentidos con el canto de las aves y respirar aire más puro (o menos denso). Es el primero que camina arrastrando su pesada humanidad por los pasillos de casa, en busca de la pastilla para la presión arterial, mientras los muchachos recién duermen tras arduas faenas frente a la computadora. Pocos gozan como el viejo las primeras luces del alba y las bendiciones que Dios nos promete en su palabra.



Quizá la mayor ventaja de las personas cercanas al descanso eterno, o al fuego que nunca se apaga, es el acervo de historias que guardan en sus frágiles memorias por el alzhéimer. Desde una mecedora, bajo la sombra fresca de un frondoso árbol de mango, he escuchado los cuentos más apasionantes sobre piratas y filibusteros, embusteros y ratas de alcantarilla.



Concluyendo estas líneas, queda una pregunta en el tintero: ¿Por qué he escrito sobre este tema? Mi esposa joven no tiene respuesta; la niña, de sólo cinco años, mucho menos. Amigos mayores proveen algunas ilustraciones, pero me resisto a recibirlas. ¿Será cierto que a punto de cumplir cuarenta años comenzamos a pensar seriamente en la vejez? No lo sé. Aún me siento de quince…




Daniel Castro Peñaloza
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