Vejez, no te insolentes

Un ciego famoso, Borges, anotó irónicamente alguna vez: No soy viejo, pero hace mucho tiempo soy joven...

Hace poco, por televisión, le preguntaban a un anciano:



- ¿Y usted a qué se dedica?



- ¿Yo? Me dedico a ser viejito. Y acompañó la respuesta con la mejor de sus desdentadas sonrisas.



La nueva semántica pretende apiadarse de los viejos y les (¿nos?) dice “adultos mayores”. Al viejito de la televisión poco le interesará que le doren la píldora.



También con cierta misericordia idiomática, a los ciegos les dicen “invidentes”. Uno de ellos, mi amigo Gabriel Cuéllar, confesó que prefería el certero y tradicional: “ciego”, porque no se presta a equívocos. “Una vez llamé por teléfono y me identifiqué como el invidente fulano de tal. ¿Indigente?, me preguntaron”. Desde entonces decidió decirle al pan, pan y a la ceguera, ceguera. Y seguir jugando torneos de ajedrez. (Acepta materiales ajedrecísticos para ciegos en el tel. 4527960)



Un ciego famoso, Borges, anotó irónicamente alguna vez: No soy viejo, pero hace mucho tiempo soy joven. Y siguió disfrutando la maestría de Dios que, “con magnífica ironía, me dio al mismo tiempo los libros y la noche”.



El cineasta Federico Fellini se miró al espejo mientras se afeitaba y pensó: “¿De dónde ha salido este viejo? Entonces me dí cuenta de que era yo, y todo lo que quería hacer era trabajar. Es tu trabajo lo que te hace sentir joven”.



Cada cual habla de la vejez como le va en ella.”Cuando llegues, vejez, no te insolentes, aprende a respetar a los mayores”, ordena el juglar paraguayo Horacio Guarany en una de sus canciones en honor de quienes viven en condición de millonarios... en segundos-vida.



La que envejece es la cédula, decimos evasivamente quienes empezamos a respirarle en la nunca a la también llamada eufemísticamente tercera edad. ¿Cuándo empezamos a envejecer? Leí alguna vez que el deterioro madruga a los 48 años. Otros menos optimistas sostienen que nacemos y ya empezamos a envejecer. Para el filósofo Fernando González “envejecer es disminuír la gana”.



Envejecer no es deteriorarse, nos animan nuestros gurúes gerontológicos. Los hay que sostienen que la vejez arranca cuando se caen el pelo, las ilusiones o los sueños. ¿O será cuando empezamos a perder vigencia?



Para empezar, ¿qué significa perder vigencia? Si implica no volver a ser invitados a cocteles o almuerzos donde hay que inventar sonrisas, estar de acuerdo y dar palmaditas lagartas en la espalda al sagrado anfitrión, inventar solidaridades, tener éxito siempre, pensar una cosa y tener que decir otra, bienvenidas ninguniadas a esas veladas gastronómico-etílicas.



Si el amigo o tradicional interlocutor en cualquier profesión, no te volvió a pasar al teléfono porque ya no eres el sujeto “importante” de antes, ¿con amigos así, para qué enemigos?



El “viejo” García Márquez repite que sus amigos son los que tenía con anterioridad a la adjudicación del Nobel de literatura. Los demás, se puede agregar, son cómodos paracaidistas en nuestra hoja de vida.



Rico ir por la calle, anónimo como la sota de bastos, con todo el tiempo del mundo para “leer” el paisaje citadino o rural, repasar gratis en los kioscos los titulares de diarios y revistas como se despeluca el mundo, juntar ganas para llevar a casa mirando retaguardias femeninas, entrar a un cine a horas inverosímiles “mientras el músculo duerme” o “la ambición trabaja”.



Por carecer de vigencia, el sol sigue saliendo, ningún espléndido aguacero ha hecho huelga de gotas caídas, el arcoiris no ha reducido el número de colores, las bancas de los parques siguen acogiendo glúteos jubilados.



Muchos encantos tiene eso de perder vigencia. El estrés se va vacaciones, se recuperan kilos perdidos, vuelve a servir la ropa vieja y hay tiempo para leer ese libro aplazado setenta veces siete.



Lejos del protagonismo laboral, mejor dicho, en el asfalto laboral, se pueden recuperar abrazos nunca dados, besos embolatados, boleros no bailados, poemas jamás escritos porque había que rendir desde el amanecer hasta cuando el sol nos decía adiós desde el ocaso.



¡Además: cómo desestresa saber que hay gente triturando horarios mientras disfrutamos de la condición de miembros de la familia Miranda, esa que atisba vitrinas de almacenes.



Gracias a su majestad la no vigencia, ¿cuántos cocteles inútiles nos habremos ahorrado, cuántos fulanos dejaron de utilizarnos en su beneficio personal, cuántas trasnochadas estériles no pasaron a mejor vida y fueron remplazadas por madrugadas fructíferas?



Cuando pasamos a la clandestinidad nos espera el difícil y bello reto de ser anónimos por convicción, en lugar de ser notorios e “importantes” por convención.



Así sea a la brava, la conclusión es que, con la edad, nos llega el momento de fundar el sindicato que tendría, en principio, esta divisa: la vida es posible también sin estar vigentes. De anonimato nadie ha muerto.



Oscar Domínguez G.
CRONOPIOS

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