Voyeurismo, control y fotografía, tema de la Tate Modern

Con la proliferación de cámaras, videocámaras y teléfonos móviles multifuncionales y programas de ‘realitys’ a todas horas, parecemos habernos convertido en una sociedad de voyeurs.

A eso hay que añadir las cámaras de videovigilancia (CCTV), omnipresentes en calles y plazas, en aeropuertos, centros comerciales y cualquier otro lugar público. Observamos y somos observados continuamente.

Y ese doble tema es el que aborda la nueva exposición de la Tate Modern de Londres que, bajo el título “Expuestos: Voyeurismo, Vigilancia y la Cámara”, podrá visitarse del 28 de mayo hasta el 19 de septiembre.

La exposición, que reúne alrededor de 250 piezas fotográficas o cinematográficas, examina la historia de la mirada indiscreta desde la invención de la fotografía y explora distintos temas, desde el erotismo, la pornografía o el culto de los famosos hasta la captación de la violencia a través de la cámara.

Imágenes de algunos de los fotógrafos más famosos de la historia, desde Brassai, CartierBresson, Walker Evans, Robert Frank, Lee Miller, Paul Strand, Dorothea Lange, Weegee o Winogrand, hasta Nan Goldin o Thomas Ruff, comparten espacio con otras de fotógrafos de prensa o simples aficionados, o captadas por sistemas automáticos como las cámaras de CCTV.

El voyeurismo no es, sin embargo, nada nuevo: basta citar la historia bíblica de Susana y los viejos, uno de los grandes temas de la pintura occidental, como señala Sandra S. Phillips, del Museo de Arte Moderno de San Francisco, comisaria de la exposición junto a Simon Baker, de la Tate. Sólo que entonces no existía la cámara fotográfica.

Pero, desde la invención de ésta, el voyeurismo la ha acompañado: como puede verse por muchos de los ejemplos de los trabajos pioneros reunidos en la galería, la cámara fotográfica se ha utilizado una y otra vez para penetrar con la mirada en el espacio reservado o íntimo de los otros.

Resulta sorprendente el ingenio demostrado para fotografiar al próximo sin ser visto: cámaras minúsculas ocultas en la chaqueta, en un bastón o paraguas o hasta en el tacón del zapato y otras con el objetivo dispuesto de tal forma que el fotógrafo parece estar apuntando en otra dirección sin despertar por tanto las sospechas en el fotografiado.

Junto a la utilización para fines morbosos de la cámara, abundan los ejemplos de su uso en tareas más loables de denuncia social, por ejemplo, de las condiciones de vida de los inmigrantes en Estados Unidos, en las imágenes captadas en Nueva York por el danés Jacob August Riis, él mismo inmigrante, en su libro “Cómo vive la otra mitad”, o por Lewis Hine, que documentó la tragedia del trabajo infantil en las factorías.

En distintas salas, la exposición repasa las instantáneas callejeras de grandes fotógrafos como Cartier-Bresson, Ben Shahn, Winogrand o Robert Frank, o el fenómeno de los paparazzi con tipos como Ron Galella, que se dedicó a perseguir a Jacqueline Kennedy-Onassis por todas partes: desde el Central Park neoyorquino hasta la isla griega de Skorpios.

Otras secciones están dedicadas al voyeurismo, desde el más blando y elegante de Helmut Newton hasta el “puro y duro” como el del fotógrafo japonés Kohei Yoshiyuki con una impactante serie de fotografías de voyeurs que se arrastran por el suelo en medio de la maleza de un parque para aproximarse a una pareja mientras hace el amor y tocarla sin que se dé siquiera cuenta.

Tras las imágenes de la famosa serie de Nan Goldin titulada “La balada de la dependencia sexual”, que documenta las vidas íntimas de sus amigos, figuran otras que ilustran asesinatos, ejecuciones o intentos de suicidio, entre ellos las captadas por el mexicano Enrique Metinides.

La última parte de la exposición de la Tate está dedicada a los modernos sistemas de vigilancia y control, con fotos de torres de observación en Irlanda del Norte, de lugares de tránsito ilegal en la frontera mexicano-estadounidense, o de la isla de Ascensión, en el Atlántico Sur, utilizada por EE.UU. y Gran Bretaña para el sistema de espionaje electrónico global Echelon.

por Joaquín Rábago
Londres

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