Y con el nuevo milenio, apareció el argentino…

La prensa argentina fue al principio implacable con la cantante

A finales de mayo del 2000 estalló la noticia: Shakira tenía un nuevo romance, nada menos que con Antonio De La Rúa, el hijo del presidente de Argentina, Fernando De La Rúa.



El joven abogado de 26 años era en ese momento asesor de su padre. Hay varias versiones sobre la manera como se conocieron. Más adelante ampliaré las distintas versiones. La más difundida por las noticias dice que se vieron por vez primera en un programa de televisión al que ambos fueron invitados especiales. El 26 de marzo e volvieron a ver durante el concierto de Shakira en el Luna Park de Buenos Aires. El 12 de mayo habrían vuelto a conversar en una primera cita a solas. Un par de días más tarde ambos fueron vistos en uno de los lugares turísticos más atractivos del planeta, en Bariloche. Y ahí se formó el escándalo.



Varios medios argentinos, ante la terrible crisis social y económica que soportaba en ese momento ese país, pusieron el grito en el cielo, por lo que consideraron despilfarro del hijo del presidente, al hacerse pública una cuenta suya firmada en Bariloche equivalente a 12 mil dólares.



El presidente Fernando De La Rúa, en una intervención televisada en la que anunciaba las medidas de austeridad que afectarían a millones de argentinos, para sacar a la nación del déficit en la que la había dejado su antecesor Carlos Menem, pronunció una frase que caló en la audiencia: “Somos aburridos”… con ese apóstrofe el mandatario dejó clara su diferencia con Menem en lo atinente a criterios, al modo de actuar y ver la vida (Menem se había hecho célebre por su ritmo de vida opulento y por los gastos desmesurados en que incurrió durante su período).



Pocas horas después de esa dramática alocución, en la portada de las dos principales revistas argentinas, “Caras” y “Gente”, publicaron fotos en las que aparecían muy acaramelados Shakira y Antonio, que hasta ese momento había mostrado un perfil más bien bajo y de quien se tenían muy pocas referencias aparte de su vinculación al gobierno como asesor de imagen de su padre.



La noticia de por sí novedosa y vendedora, no habría adquirido las dimensiones que alcanzó si no se hubiera apoyado en un dato indiscreto averiguado por la curiosidad periodística. Antonio en su visita a la cantante en el balneario Bariloche, gastó en atenciones a Shakira la suma de 12 mil pesos dólares. De ahí que la noticia levantara tanta polvareda en los medios políticos, sindicales, obreros, y en general, en toda la nación.



Los periodistas argentinos, al igual que los de Miami y los mexicanos, en materia light son los más capacitados, acuciosos e irrespetuosos del continente. La noticia del supuesto romance de Antonio y Shakira los puso en competencia por obtener la mejor información. La distancia no los arredró; puesta la mira en Colombia, adelantaron sus pesquisas entre las personas muy cercanas a Shakira, en busca de una exclusiva. Fue así como Radio Mitre, Radio Crónica, TV Azul y otros importantes medios lograron contactarme telefónicamente y entrevistarme para que les hablara de la cantante. Fue un asedio con preguntas tendenciosas, de doble sentido, donde pretendían irrespetar a Shakira, descalificarla como poca cosa para aspirar al hijo del presidente. No les interesaba o les decepcionaba saber que la intérprete era una cantante de vida sana, sin antecedentes escandalosos, sin un historial amoroso que la pusiera en evidencia como una devoradora de hombres o como una fría o calculadora oportunista, interesada en atraparlo al hijo del presidente en sus redes. Las preguntas que debí contestar eran de este tenor:



—¿Es verdad que el padre de Shakira fue vendedor ambulante en Barranquilla?



— ¿Shakira está buscando acercamiento al poder con este romance?



—¿Es cierto que Shakira estuvo en amoríos con García Márquez? (Esta referencia no podía ser más tendenciosa, cargada de una gran dosis de maldad y se apoyaba endeblemente en el hecho de que el Nobel colombiano le había dedicado a la intérprete una magistral entrevista de varias páginas en su revista CAMBIO.



Era evidente el desconocimiento que los periodistas tenían de la verdadera personalidad de Shakira, un ser humano ejemplar, un faro para la juventud de su país, una joven criada en un ambiente social moderado y conservador, con unos padres amorosos, serios, decentes, ni siquiera tenían en cuenta su excepcional talento. Shakira, en sus manos, estaba siendo desvalorizada.



Pensé que debía ir a Argentina para aclararles a esos periodistas instigadores, en su propio terreno y sin ventajas, quien es Shakira Mebarak Ripoll. Esa idea la tenía en la mente a cada rato. Y socialmente buscaba la oportunidad para conseguir financiación para el viaje.



Un golpe de suerte, podríamos calificarlo así, facilitó mi intención viajera. Se encontraba Shakira en Bogotá con sus padres, para una visita personal, y no sé como se enteró Felipe Domínguez Zamorano un apreciado amigo caleño, millonario para más señas, personaje único en generosidad. Me llamó por teléfono para pedirme un favor: “Sé que Shakira está en la capital y si puedes consígueme que se tome una foto con mi hija”.



Mi esposa Lourdes llamó a la madre de la cantante, le comentó de la petición y ella le recomendó que la niña viniera en la tarde, porque al día siguiente se iban para el aeropuerto. La pequeña hija de Felipe lloró de la emoción al estar cerca de su ídolo y tomarse una foto con ella.



Me extrañó que Felipe, persona tan delicada en trato y en formalismo, no hubiera llamado para darme las gracias. Por lo menos un mes después recibí una llamada de él: “Estaba en París y Estocolmo, por eso no te llamé para darte las gracias. Hiciste feliz a mi hija. Eres un príncipe”... ¿Y cómo anda Shakira? ... Me preguntó Felipe. “Bien, le dije, pero me preocupa como la están maltratando los periodistas argentinos. Te confieso, que si pudiera iría a la Argentina a enfrentarme a la prensa de allá y hasta escribiría un libro”. (Debo decir que en el momento de decir eso no se me pasó por la mente que Felipe podría involucrarse). Cuando terminé de hablar Felipe me dijo estas palabras:



“Vente el jueves con la maleta ya lista, te enviaré a Buenos Aires un mes y vamos a hacer el libro juntos. Yo lo financiaré. No te preocupes por la plata. Yo cubro todos los gastos.”...



Conociendo a Felipe, de quien haré una semblanza en el próximo capítulo para que mentalmente se ubiquen de que clase de persona es, arreglé algunos asuntos pendientes de la profesión y me fui para Bogotá a tomar el avión.



Un día antes del viaje Felipe me dijo que debíamos hacer una visita. Llegamos a una oficina en un segundo piso. Cuando se abrió la puerta le reconocí. Era Juan Carlos Pastrana, hermano del Presidente Andrés. Estaba en mangas de camisa. “Te conozco mucho Edgar. Sé que eres muy buen amigo del Presidente, desde los tiempos de Palomo Linares. Estoy muy contento que vayas a Argentina”. ... Luego pasó a su escritorio, buscó una libreta y marcó un número. Le contestaron de la Embajada de Colombia en Argentina y solicitó que le pasaran al teléfono al embajador Polo. No estaba. “Entonces, quiero hablar con el ministro consejero Sánchez....”. Cuando ya tuvo en la línea al funcionario —que entre otras cosas era un buen amigo mío—, le dijo:



“Mañana va a la Argentina Flash, envíele un vehículo al aeropuerto y me lo atiende”... Pensé en lo importante que es ser hermano del Presidente...



Quiero terminar este capítulo con tres apuntes de mi llegada: Primero que todas las ciudades por muy bellas que sean, en la madrugada y sin gentes no lucen atractivas y más bien son tristes, como lo cantó en una hermosísima canción Julio Iglesias. Segundo: El aeropuerto de Buenos Aires, para una ciudad tan importante, es mediocre. Tercero: Me recibió un chofer con una pancarta. Resultó conversador, hablamos de fútbol, de minas, de churrascos, de tangos y de Shakira. Llegué a las 3 a.m.



Cuando aparecí en el hotel y ya iba a entrar, el chofer me pidió el pago de la carrera. ¿Y no la pagó la embajada?, pregunté... Dijo que no. ¿Cuánto le debo?... Me cobró una suma altísima que me puso de mal humor.



Al día siguiente la embajada me envió un vehículo para visitar la sede diplomática. Me recibió con mucha simpatía Juan Manuel, el ministro consejero. ¿Qué tal el viaje?... “Bueno, pero me pareció carísimo lo que me cobró el conductor”.... “¡Cómo!, ¿Té cobró?... ¡si aquí le pagamos la carrera!”... Es decir, el chofer cobró dos veces. Manuel visiblemente apenado, llamó a una secretaria. Hizo un recibo y dio orden para que me devolvieran la plata...





(Próximo Capíulo: “Semblanza de quien me invitó e investigación para el libro).



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Edgar García Ochoa
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