“Yo quiero ser adoptado por Julio Mario Santodomingo”

El protagonista ha tenido por ídolo a Santodomingo desde niño. A la edad de 14 años, cuando probó por primera vez una cerveza Ba-varia, se dio cuenta que el creador de tal elixir era un ser extraordinario.

(El autor de este artículo, pensó que jamás sería publicado en Colombia)





Los huérfanos no escogen a su padrastro y menos aún en tiempos difíciles. Pero Alonso Castillo ya decidió que quiere ser adoptado por Julio Mario Santodomingo, el hombre más rico de Colombia y dueño del mayor grupo empresarial del país liderado por Bavaria y Avianca. ¿Por qué Santodomingo? “Porque es un señor muy elegante, inteligente y tierno, y sé que me sabrá cuidar como yo me lo merezco y me dará la buena educación paterna que yo necesito”.



Alonso perdió a su padre hace más de 20 años. Ha padecido la soledad de huérfano, extraña los abrazos y consejos de un padre y el calor de un hogar donde se sienta consentido. Jamás se ha casado, no tiene hijos y cree que no debe existir límite de edad para ser adoptado. “Las personas de más añitos también necesitamos cariño e incluso estamos en condiciones de consentir a nuestros padrastros, cosa que no hacen los niños pequeños”.



La escena de hogar que ha soñado es dulce. Una mansión soberbia, una sala amplia, finamente decorada con grandes cortinas y blasones, una chimenea y junto a ella una gran silla victoriana desde donde Julio Mario Santodomingo le sonríe, le extiende los brazos abiertos y le dice con emoción: “ven hijo mío, pídeme lo que quieras que yo te complaceré”. Es el sueño de muchos colombianos, más ahora en momentos de crisis económica, pero Alonso es el único que hasta hoy se ha atrevido a expresarlo. “Si él me adopta, me declaro dispuesto a portarme como un hijo bueno, como el mejor de sus hijos. Si lo desea, puede sentarme en sus piernas, acariciarme la cabeza y hacerme arremuescos, y si me autoriza, en vez de decirle don Julio Mario, puedo llamarle papi o papito”.



Tras ser informado de que el señor Santodomingo tiene algo más de 75 años de edad, Alonso se preocupa porque su intención no es hacerle daño a su padre adoptivo, y luego de pensarlo un poco, lo resuelve con esta frase: “No hay problema; si él quiere, puede sentarse en mis piernas que yo lo consentiré como él se lo ha ganado y lo cuidaré como ningún hijo ha cuidado jamás a un padre”.



La verdad es que Alonso ha tenido por ídolo a Santodomingo desde niño. A la edad de 14 años, cuando probó por primera vez una cerveza Bavaria, se dio cuenta que el creador de tal elixir era un ser extraordinario. Y desde entonces Alonso se convirtió en el mayor de sus admiradores, valeroso defensor de las empresas del grupo Santodomingo y promotor honorario de todos los productos que éste lanza al mercado. “¿Qué mejor padre puedo tener yo que el hombre que he venerado y apreciado desde niño? Yo nunca he montado en un avión, pero siempre he recomendado Avianca, veo y oigo Caracol todo el tiempo, y desde hace muchos años, cada que se me presenta la oportunidad, tomo cerveza de sus marcas (y lo más que pueda) para ayudarle con su gran industria”.



Su mayor argumento para ser adoptado es incuestionable. “Don Julio Mario ha tenido mi afecto, mi respeto y mi colaboración toda mi vida. He contribuido con alma y cuerpo a que sus industrias crezcan porque las quiero mucho, y nunca me ahorro palabras para hablar bien de ellas. De cierta forma he adoptado sus empresas como si fueran mías, y creo que ahora merezco más que nadie ser adoptado por don Julio Mario, porque, aunque él aún no me conozca, he demostrado ser el mejor y más cariñoso de sus hijos”.



Alonso sabe que Santodomingo reside en París y suspira con la posibilidad de que su padre adoptivo lo lleve a conocer Europa. Las dificultades de la vida, y su propia orfandad, le impidieron estudiar, pero él anhela ser conducido de la mano por su nuevo padre a través de la Plaza de la Concordia y los Campos Elíseos, desayunar en el restaurante circular móvil de la Torre Eiffel para observar toda la ciudad y el río Sena, y ser dejado con su lonchera en la puerta de la Universidad de la Sorbona para estudiar canto.



El camino de la adopción es difícil y tormentoso. Alonso se ha presentado varias veces en las oficinas de Bienestar Familiar, pero ha sido rechazado por su edad y al final se ha percatado que ninguno de aquellos funcionarios conoce a Santodomingo. “El sistema de adopción colombiano es injusto. Sólo aceptan niños pequeños y se los entregan a extranjeros que ni tienen fábricas de cerveza, ni aerolíneas, ni cadenas radiales ni de televisión, ¡nada!”.



También ha probado con varios abogados, pero ha sido víctima de la codicia profesional. “Todos ellos, luego de escuchar mis razones, se han negado a llevar mi caso, pero me he enterado después que cada cual ha emprendido diligencias jurídicas para ofrecérsele en adopción a don Julio Mario, cosa que gracias a Dios él ha rechazado. Espero que don Julio Mario oiga este consejo: lo peor que le puede pasar es adoptar a un abogado, porque en un parpadeo se puede quedar en la mismísima calle”.


De origen humilde, Alonso nació en Palocabildo, Tolima, y siendo muy joven tuvo que migrar con sus hermanos a Bogotá en busca de trabajo y oportunidades. Sus amigos lo describen como un hombre “decente y honrado”, valores olvidados o inexistentes para las nuevas generaciones que entienden la palabra “honrado” como sinónimo de “pobre”. Y sí, Alonso es pobre, pero también es íntegro, honesto y —más o menos— trabajador. Ha desempeñado las más variadas labores, entre ellas el desempleo (oficio cada vez más común en Colombia), y en los últimos años se ha ganado la vida como tornero y conductor. Sin importar las adversidades, ha sido siempre un hombre sonriente y alegre, gran bailarín de salsa, que enfrenta la vida con nobleza y esperanza.



“Si don Julio Mario me adopta, no sólo le alegraré sus días, sino que le enseñaré a bailar todos los ritmos de la salsa, el guaguancó, el son montuno, la guajira y el mambo para comenzar. Espero que no se me ponga muy bravo ni me regañe si me da por dejarme crecer el pelo, ponerme un piercing en el ombligo, o hacerme tatuar una cerveza Águila en un lugar secreto del cuerpo. A veces, a uno se le ocurre hacer locuras por falta de orientación paterna, y la verdad es que me hace mucha falta tener a alguien a quien decirle papá”.



Alonso contempla tres tipos de adopción posibles. La total, la media y la lejana. En la adopción total, Santodomingo se hace cargo de él y de su futuro, se lo lleva a vivir a París, lo educa, lo corrige y pasa con él todo el tiempo. “Pero sé que esto es algo dificultoso porque don Julio Mario es un señor muy ocupado”. Y ante eso, propone la adopción media, en la cual su nuevo padre le otorga una buena mensualidad “y me regala un lote en los Campos Elíseos de París para que yo me haga a mi casita por autoconstrucción”.



La Adopción Lejana, que Alonso vislumbra como última opción, es quedarse viviendo en Colombia, con su padre pendiente de él vía telefónica. “Lo único que pido, fuera de sus buenos consejos, es que me surta de cerveza de aquí en adelante para mí y para mis amigos, me deje montar en avión y me permita disfrutar de todos los productos de sus empresas”. A cambio, Alonso le escribirá cartas, no lo hará quedar mal y hablará siempre bien de él, mejor aún de lo que lo ha hecho hasta ahora.



Sin embargo, lo que más desea Alonso es tener un padre verdadero para convivir con él. Un padre bondadoso, dadivoso, tierno. Un padre que lo proteja, que le entregue su corazón y que le ofrezca un futuro. “Una de las cosas que quiero pedirle es que me presente a las modelos de los comerciales de cerveza Águila, porque esas pobres muchachas necesitan una persona como yo para que las cuide”. Alonso sueña un bonito cuadro donde él está consintiendo a las modelos y está siendo consentido a su vez por Julio Mario Santodomingo.



En vista del fracaso de sus tentativas de adopción, Alonso acude hoy a la prensa para que Julio Mario Santodomingo lo escuche y se convenza que el mejor hijo que puede tener es Alonso Castillo. Sólo tiene 53 añitos, necesita cariño y promete que se portará muy, pero muy bien. Durante los últimos meses se duerme pensando en algo que lo hace feliz. Sueña que Santodomingo lo lleva a su cuarto, lo abriga con las cobijas y le lee un cuento de hadas para adultos con el cual se duerme dichoso. El cuento no contiene escenas de sexo ni de violencia. Es un cuento mucho más hermoso. Sueña que su padre le acaricia la cabeza, le lee con voz dulce los balances de sus empresas, sobre todo las utilidades, y al final le dice con amor: “todo esto, Alonsito, será tuyo”.





* Alexander Prieto Osorno nació en 1962 en Líbano, centro de Colombia. Periodista y escritor, sus artículos han sido publicados en más de 70 diarios y revistas de Europa y América y traducidos a varios idiomas. Ganador en 2000 del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en París, es corresponsal en Madrid de distintos medios de prensa de Latinoamérica, escribe para el Instituto Cervantes y es miembro del consejo de Redacción de la revista Ómnibus (www.omnibus.com)

Por Alexander Prieto Osorno*

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